miércoles, 13 de diciembre de 2017

¡Vuelve la escritura pictográfica!

Vuelve la escritura pictográfica, la primera y más primitiva forma de expresión gráfica que se practicó en el neolítico sobre lajas, ahora sobre modernas pantallas electrónicas: Se vale de unos dibujos llamados pictogramas que reflejan un contenido independientemente de la expresión lingüística. Estos modernos pictogramas no podían llamarse así, con un tan culto grecolatinismo, por lo que se han denominado “emojis” en la lengua imperial,  o emoticonos, es decir, iconos emotivos, que no deja de ser otro grecolatinismo, esto es:  imágenes que tratan de reflejar emociones sin palabras.


Hay quien ha visto ya el peligro que corre el lenguaje escrito y hablado de ser eliminado por los pictogramas, porque como dicen sus usuarios “las palabras no molan tanto como los emojis”. La escritura pictográfica conforma un lenguaje artificial y superficial, sin ninguna profundidad, completamente elemental, simpático e infantil,  y desprovisto de emociones complejas y sentimientos reales.

Los sustitutos digitales de las palabras pretenden expresar todo tipo de ideas vacías de contenido, eliminando el pensamiento, la reflexión, la argumentación y exposición de razonamientos. Si empobrecemos el lenguaje, el pensamiento se vuelve dócil, manipulable y controlable, peligro que corren sus usuarios, los niños, los jóvenes y los adultos no tan jóvenes, que, en lugar de utilizar ese lenguaje, son utilizados por él.

Los emojis son una forma vacía de comunicación y, por extensión, de entretenimiento, igualmente huero y destinado a la anulación del pensamiento. Los jóvenes los utilizan para intercambiar mensajes carentes de palabras entre ellos y establecer una comunicación artificial, en detrimento de la palabra viva y hablada, sustituida por una escritura elemental ni siquiera fonológica.
Los que ostentan el poder no pueden dejar de alegrarse de contar con una ciudadanía infantilizada, carente de espíritu crítico, que no se cuestiona nada, con una conciencia anestesiada por las imágenes de las emociones, cada vez más presentes.

Las imágenes siempre han tenido un poder adoctrinador sobre la población analfabeta. Era el caso de las imágenes religiosas en las iglesias medievales. Nuestras nuevas generaciones, analfabetas funcionales gracias al sistema educativo (manda güebos), utilizan estas imágenes que son un medio sutil de adoctrinamiento entontecedor. La desaparición de las imágenes sagradas de los templos ha acabado por sacralizar todas las imágenes, que se han convertido en santos de nuestra devoción. Parecen imágenes inocentes e ingenuas, algunas hasta simpáticas si  no fuera por su pretensión de serlo a toda costa. Parece que no pueden hacer daño a nadie,  pero su profusión es alarmante, y corremos el peligro de que sus consecuencias nos pasen desapercibidas si no reflexionamos sobre ellas.

En una película reciente de animación destinada a un público infantil y juvenil aparece un alumno en clase que ha recibido en su móvil un mensaje de una chica y le comenta, entusiasmado, a su compañero de pupitre que no sabe qué contestarle. Este le dice: Pues mándale un emoji. Y el otro exclama: Sí, eso es, un emoji: algo guay. El emoji es algo guay, sencillo, simpático, sin las complicaciones que tiene redactar y escribir un texto por muy pequeño que sea con el que corremos el peligro de cometer alguna falta de ortografía. No, dejémonos de complicaciones innecesarias.

En realidad los emoticonos no se usan como sustitutos, sino como acompañamiento de mensajes de texto, pero en algunos casos, como el comentado, pueden sustituirlos. Los teléfonos móviles disponen de un arsenal de ellos esperando que el usuario los utilice para utilizarlo a él como propagador del nuevo lenguaje y usuario de la nueva e innecesaria tecnología.

Una red social tan extendida entre los preadolescentes y adolescentes como Tuíter (Twitter en la lengua del Imperio, que sólo permite mensajes de texto de ciento cuarenta caracteres además de imágenes –fotos, vídeos y encuestas-) admite más de mil cien coloridos emoticonos que representan rostros sonrientes y personas, animales, fenómenos atmosféricos, comida y bebida, actividades deportivas y de ocio, medios de transporte, viajes y lugares, objetos diversos, símbolos y hasta banderas nacionales.

Guasap (Whatsapp en la lengua del Imperio), sin embargo, cuenta con casi dos mil emojis en su catálogo.Y suma y sigue. Hay, además, teclados tan inteligentes que sugieren emojis relacionados con las palabras que estamos escribiendo en las conversaciones. Si deseamos la imagen de una mano, pero no tenemos claro cuál, solamente tenemos que escribir la palabra "mano" y, automáticamente, la lista muestra todos los emojis disponibles relacionados con ese concepto, sin necesidad de desplazarse por infinidad de pantallas. Y es que los smartphones son, pese a su nombre (smart significa inteligente en la lengua del Imperio), la cosa más tonta que hay; lo mismo que las llamadas smartcities, las ciudades más tontas que hay, porque no puede haberlas más tontas, donde a la suprema tontería se la considera inteligente. Esperemos que la nuestra no sea una de ellas...  

Hasta Gúguel (Google en la lengua del Imperio) ha llegado a habilitar también la búsqueda por emojis y su catálogo, con miles de simbolitos, no hace más que crecer cada año en aras de una mayor riqueza expresiva. Y seguramente seguirá creciendo porque nunca van a conseguir saciar las ansias comunicativas de la gente y porque cada día que amanece, como suele decirse, el número de los tontos y las tontas crece.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Corporis partes: X.- Con el corazón.

Seguimos con las partes del cuerpo, y, dentro de este particular despiece que estamos haciendo cual Jack el Destripador, nos toca vérnoslas ahora con un órgano de vital importancia, el corazón. Para nosotros, los modernos, es la sede figurada de los sentimientos, y en ese sentido se  opone a veces a la razón, como se ve, por ejemplo, en la célebre frase de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.  

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que para los antiguos el corazón no sólo era el órgano corporal importante que es, sino también la sede de la memoria, de la inteligencia y de la sensibilidad, como si dijéramos nuestro cerebro o nuestra mente además de nuestro corazoncito o corazonazo que guardamos todos en el pecho.

Corazón se decía en latín COR pero su raíz es CORD- como demuestra su plural CORDA, que se forma añadiendo una –A a la raíz. Algunos recordarán que cuando la misa católica se celebraba, como Dios manda, en latín, el sacerdote pronunciaba las divinas palabras SURSUM CORDA (arriba los corazones, es decir, levantemos el corazón), y los feligreses se ponían de pie y respondían HABEMUS AD DOMINUM, lo que ahora dicen en castellano: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Esta raíz CORD- está emparentada con el griego kardi/a, el alemán Herz y el inglés heart, por su origen común indoeuropeo.





En cuanto a la descendencia de la palabra latina COR, de ella deriva una numerosa familia, como es la de las lenguas romances: el francés coeur, el catalán cor y el italiano cuore, pero también el portugués coraçâo y el castellano corazón, que parecen basarse en la palabra latina COR más el sufijo aumentativo –AZÓN, compuesto de –AZO (cuerp-azo) y de –ÓN (hombr-ón), es decir, hipercaracterizado como aumentativo, como si se quisiera sugerir así, según Corominas, la grandeza del corazón  “del hombre valiente y de la mujer amante”, por lo que habría que postular, para la península ibérica, excluyendo Cataluña y Valencia,  una forma CORACEONEM, como origen de coraçón en castellano viejo y de la palabra portuguesa coraçâo.

La lengua rumana, por su parte, que también procede del latín, utiliza la palabra inima para referirse al corazón, una palabra esdrújula que no procede de COR, sino de ANIMA, que significa principio vital. Y es que los antiguos, como queda dicho, consideraban que en este órgano residía el alma de los hombres, y el hecho de que el rumano haya tomado esta palabra sugiere la relación intuitiva que existía entre el corazón y el alma, lo que no quita para que en rumano también haya alguna palabra derivada de COR como cordial.

De la palabra corazón derivan la corazonada, incluso el corazoncito,  el verbo descorazonar y su resultado  el descorazonamiento, y la forma de aumentativo corazonazo que hemos citado más arriba, que muestra que ya se ha perdido la conciencia de que corazón era un aumentativo doblemente caracterizado de cor, por lo que se vuelve a marcar con el sufijo castellano  –azo que ya llevaba incorporado.

En relación con el corazón como sede de la memoria hemos heredado el verbo recordar, que procede del latín recordari con el significado que tenía en nuestra lengua madre de traer algo a la memoria, a la mente, en el sentido de representarse algo pasado con la imaginación o el pensamiento. De ahí proceden, pues, nuestros recuerdos, recordaciones  y recordatorios.  A estas alturas ya no nos extraña la diptongación de una O breve latina, que suele producirse cuando es portadora del acento como en recuerdo, mientras que la vocal conserva el timbre que tenía si el acento se ha desplazado dentro de la palabra, por ejemplo en  recordamos.

La expresión “de coro” significa “de memoria, de carrerilla” en castellano viejo. La encontramos en el Quijote: “Si tratáredes de ladrones, yo os daré la historia de Caco, que la sé de coro…”. También está recogida en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua como locución adverbial poco usada, que significa de memoria, y que se utiliza con expresiones como decir, saber, tomar de coro. Y puede compararse con la expresión francesa “par coeur” o a la inglesa “by heart”, que significan, ambas, lo mismo: de memoria, es decir, con el corazón.

 


El término récord es la castellanización del inglés “record”, que procede también de la misma palabra latina recordari, y que se ha especializado con el significado de marca o mejor resultado en el ejercicio de un deporte, en expresiones como tiempo récord o batir un récord. En inglés hay un verbo to record, que se pronuncia con acento en la o, y significa grabar, por ejemplo una pieza musical en un disco, o  tomar nota de algo, para que quede constancia, o sea, recuerdo, y el sustantivo record, que se pronuncia con acento en la e, y que alude al registro tomado de algo.   ¿Cómo llegó esta palabra de origen latino a la lengua de Shakespeare? Como muchísimas otras, casi el 60 por ciento de su vocabulario, a través del francés de los normandos. Es decir to record, procede del francés antiguo recorder, que a su vez deriva del latín recordari, un compuesto de la raíz cord, que es la del corazón.

A partir de este verbo, se creó en castellano su sinónimo acordarse  con el sentido de tener memoria de algo, pero también con el de llegar a una determinación o consenso, un acuerdo, creándose su antónimo desacuerdo. Y relacionado con él, el adjetivo  acorde paralelo a concorde y discorde, sin olvidar el sustantivo masculino que se utiliza en musicología para referirse a la combinación armónica de tres o más sonidos diferentes. De donde procede el nombre del moderno instrumento musical de viento formado por un fuelle: el acordeón.

En relación con la raiz culta CORD- tenemos el adjetivo cordial, para referirnos a lo que se hace con el afecto del corazón.  Ya en latín había varios prefijos que modificaban el significado de esta raíz y que nosotros hemos heredados: CON- y  DIS-, que dan origen a concordia y a su antónimo discordia, por ejemplo, o a los verbos concordar y discordar. En el primer caso significa que hay acuerdo, es decir, coincidencia, encuentro, conformidad, y en el segundo que no lo hay, sino que en su lugar surge la oposición, la desavenencia, la diferencia.

Ya en latín se había creado misericordia, a partir del verbo misereo que quería decir tener piedad o compasión, o del adjetivo miser, si se quiere ver así, con el sustantivo cor(d) que estamos estudiando, y quería decir compasión, de donde hemos heredado nosotros misericordioso para referirnos a la virtud que mueve al corazón a la piedad, incluso en el caso de la puñalada de misericordia o golpe de gracia,  ya que en la Edad Media los caballeros solían llevar un puñal llamado de misericordia con el que daban el golpe de gracia al enemigo, es decir, la muerte para evitarle el sufrimiento de la agonía.

No debemos olvidar el incordio y su curioso origen, pues no procede del sufijo latino IN- que tiene dos valores, la negación como en incorpóreo o el lugar en donde como en incorporar, sino de la forma  *antecordium, que significaba tumor del pecho que se hallaba ante el corazón del caballo. De *antecordium pasaría la palabra a *ancordium, abreviándose, y de ahí a encordio, que ya está atestiguada en castellano en el siglo XIII, y que es el origen de nuestro incordio:  un tumor que se desarrollaba en el pecho de los caballos. A partir de ahí se crea el verbo incordiar que pasa a ser un sinónimo de molestar e importunar.

No olvidemos la cordura o sensatez, según lo dicho de que el cor era la sede de la razón y no sólo de los sentimientos desmandados, y la cualidad de cuerdo, o el adjetivo cordal que se aplicaba a la muela del juicio, la muela cordal. Y no olvidemos tampoco el coraje o valor, que nos viene a través del francés courage y que está relacionado con el corazón porque se consideraba que también la valentía tenía su sede en él.

La palabra griega para referirse al corazón es kardi/a  (cardía),  relacionada etimológicamente con la raíz latina CORD- por su común origen indoeuropeo, la conservamos en el dominio de la medicina: cardíaco, endocardio, cardiología, electrocardiograma, miocardio, taquicardia,  pericardio y un largo etcétera.

Es interesante el testimonio de Aulo Gelio sobre el escritor Ennio, el pater Ennius como lo llama Cicerón aludiendo a que lo considera el padre de la literatura latina, introductor del hexámetro dactílico homérico y hesiódico en Roma, que nos ha transmitido la espléndida metáfora de que el lenguaje de un hombre es su alma. Dice Aulo Gelio literalmente en latín  Quintus Ennius tria corda habere sese dicebat, quod loqui Graece et Osce et latine sciret, y que significa que Quinto Ennio decía que tenía tres almas, porque sabía hablar en griego, en osco y en latín


La palabra que hemos traducido por “almas” es CORDA, el plural de COR. Ennio, pues, decía que tenía tres corazones, es decir, tres almas, porque, como ha quedado dicho, el corazón era para los antiguos la sede del alma, con todas sus facultades intelectivas y sentimentales. Es curioso cómo un romano de la antigüedad era consciente del valor de la lengua como cosmovisión o Weltanschauung que dicen los alemanes, o sea, como mirada a la realidad del mundo. Y es que las distintas lenguas ofrecen distintas visiones de la realidad, hasta el punto de que puede afirmarse que la realidad es la visión particular que nos ofrece cada lengua. Y cuantas más lenguas conozcamos, por lo tanto,  más conscientes seremos de que ninguna de ellas es la verdadera y de que todas las visiones de la realidad que conllevan son tan válidas como relativas.  Resulta también sorprendente cómo para Ennio las tres lenguas que cita tienen la misma categoría, cada una representa un COR, equiparándolas y valorándolas por igual. No considera que una valga per se más que las otras, ni siquiera el latín, que era la lengua dominante en el sur de Italia, que se había impuesto administrativamente sobre el osco y el griego, un griego que todavía se sigue hablando en algunas zonas de lo que fue la Magna Grecia y que se llama greco, un dialecto del griego antiguo todavía vivo en algunos de aquellos lares.


sábado, 9 de diciembre de 2017

De la soberanía popular (y II)

El pueblo es la gente que hay por aquí abajo, digamos para entendernos, una muchedumbre indeterminada e indefinida de carne y hueso. De ahí la dificultad de clarificar la noción de voluntad popular. La nación, sin embargo, es un ente ideal, abstracto, carente de toda realidad empírica, completamente ficticio, pero impuesto al pueblo, al que se encapsula dentro de una etiqueta que trata de definirlo,  lo que le produce claustrofobia, como acierta a decir la viñeta de El Roto.


Pueblo, por definición,  sólo hay uno, sin embargo al convertirse la soberanía popular en soberanía nacional, surgen diversas naciones y, por lo tanto, diversas tribus configuradas ya como Estados. Ya no hay un solo pueblo, ya no hay una sola patria que sea todo el mundo, sino varias repartidas por el globo con sus fronteras, sus lenguas y banderas, sus señas culturales identitarias configuradas por la historia y sus gobiernos respectivos,  y todas ellas tienen la misma falsa pretensión de ser la única y verdadera, como si todas y cada una fueran la encarnación del pueblo elegido por Dios o por la Historia Universal para cumplir sus misteriosos e inextricables designios.

Uno de los pilares de la democracia moderna es el concepto de “pueblo soberano”, que es una antinomia estridente, una contradictio in terminis, un oximoro o agudo sinsentido que rechina estrepitosamente: ¿Cómo puede algo indefinido y por lo tanto indiferenciado, sin una identidad específica y que pulula por aquí abajo, tener en sí características de superioridad o supremacía o empoderamiento, como dicen ahora, para colocarse por encima de los demás, sobre todo teniendo en cuenta el principio de que “nadie es más que nadie”?

“Soberanía popular” es un concepto desconocido en el mundo antiguo grecorromano. Se trata de una invención moderna, según la cual el pueblo indefinido se define, valga la contradicción, como sujeto, es decir, subiectus, o sea, sometido,   en cuanto a hablante de una lengua, ocupante de un territorio y confinado dentro de las fronteras de ese territorio y configurado histórica- además de geográficamente. El pueblo, que era un conjunto abierto, es desde arriba determinado y cerrado, como si fuera un conjunto perfecto que responde a un censo definitivo en el que no puede entrar ni salir vivo nadie, y considerado soberano en el sentido de que no admite ningún poder superior por encima no tanto de sí mismo como del monarca que elige y se impone a sí mismo. Pero no hay mucha diferencia entre la monarquía electiva, como la romana primitiva de los siete reyes, y la hereditaria como la española o la inglesa actuales, o, dicho de otra manera, la diferencia que hay sólo afecta al modo de elección y a la existencia de una línea dinástica pero no al carácter monárquico del soberano. De hecho, el poder del presidente republicano -el prae-sedentem o primero que se sienta- de los Estados Unidos de América, elegido democráticamente, es bastante mayor que el de la Reina de Inglaterra, Dei gratia regina, reina por la muy graciosa gracia dinástica de Dios.


De sobra sabemos que el pueblo es un mandado y por eso la idea de democracia es perversa en sí misma, porque oculta esta realidad haciéndole creer que él es quien manda y tiene la sartén por el mango. Puede llegar a decirse, de hecho, que la democracia es un sistema totalitario porque se impone a la totalidad de la población un gobierno, el gobierno de una mayoría (oclocracia) que delega en sus supuestos representantes (teatrocracia). El totalitarismo tradicional, además, se caracterizaba por controlar a las personas por la fuerza y la violencia -piénsese en el nazismo y demás regímenes fascistas, o en el estalinismo-, pero las personas podían pensar lo que les viniera en gana en su vida privada, y aun rebelarse legítimamente contra la dominación impuesta por la violencia y por la fuerza de un dictador, o de una oligarquía, pero parece que no puede hacerlo contra la mayoría que elige y aprueba a un gobierno al que sólo puede destituir sustituyéndolo por otro, pero nunca reprobando la necesidad misma de que haya gobierno. Uno, como individuo de un estado democrático no es más que un voto, y por lo tanto tiene que acatar las decisiones de la mayoría de los votantes, lo que acaba con el libre pensamiento y la libertad de expresión. La rebelión no parece legítima, porque no se impone por la violencia de la fuerza, sino por la coacción ideológica.

Como dice el viejo latinajo: “Vox populi, uox Dei” “La voz del pueblo es la voz de Dios, sobre todo ahora, en esta época de dominación democrática. Se ha sustituido el ser gobernante por la gracia de Dios por serlo por la gracia del pueblo o mandato popular o democrático emanado de las urnas. Pero es lo mismo. Sólo que ahora es peor, porque engaña más en el sentido de que lo de Dios podía verse como una imposición ajena y externa y de algún modo dictatorial y teocrática mientras que lo de popular, ay, eso no se ve como lo que es, una imposición que se asume como propia, un autoengaño. Y por eso esa es la dictadura más difícil de desenmascarar porque nosotros mismos somos nuestros propios dictadores.

Hay una frase atribuida a Giulio Andreotti que tiene toda la razón del mundo no porque la haya dicho quien la ha dicho, un Jefe de Estado italiano en este caso, sino porque cualquiera con más de dos dedos de frente que la oiga reconoce enseguida que hay en ella mucha enjundia de sabiduría y la suscribiría por lo razonable que es después de haber vencido la extrañeza que supone escucharla por primera vez, dado que la razón es común a todos, no propiedad privada de algún cráneo privilegiado: “El dictador más difícil de aborrecer es uno mismo”.

Y si seguimos el hilo del razonamiento que nos abre la frase podemos afirmar que uno mismo es también el dictador más difícil de desenmascarar, y, por lo tanto, el tirano más costoso de derrocar. Y, sin embargo, es preciso acabar con la tiranía para lo que no basta con el tiranicidio que consiste en quitar del medio al tirano, sino con la propia tiranía, proceda de donde proceda, venga de quien venga, por amor de lo que no sabemos, por amor de la libertad.

viernes, 8 de diciembre de 2017

La señal de la cruz

Leo en Laudator temporis acti que Catherine Nixey en su libro The Darkening Age: The Christian Destruction of the Classical World (Macmillan, Londres, 2017) informa de que el Museo Arqueológico Nacional de Atenas conserva este busto en mármol blanco de Afrodita, que, como puede verse en fotografía adjunta, fue desfigurado por algún sin duda fanático cristiano que grabó la señal de la cruz en su frente y en el mentón de la barbilla, horadó sus ojos y, no contento con eso, le arrancó la nariz a la diosa. Quizá pretendió así bautizar a Afrodita, cristianizarla, viendo en ella, probablemente, la encarnación del pecado de la carne, una belleza pagana demasiado hermosa como para dejar indiferente a nadie y no inspirar algún deseo pecaminoso o la duda, al menos, en la nueva fe, por lo que procedió a cegarla y a dejarle en su bello rostro el estigma del signo de la cruz.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Cual tábula rasa

Griegos y romanos usaron diferentes materiales como soporte de la escritura para que las palabras quedaran grabadas, inmutables, fijas, no fuera a ser que se les escaparan volando y se las llevara el viento. Usaron para escribir piedra o láminas de bronce, plomo o cobre e incluso metales preciosos para leyes e inscripciones fúnebres destinadas a perdurar en la memoria de las gentes; también emplearon tabletas o tablillas de madera enceradas, tiras de papiro, que es una fibra vegetal de una planta acuática que crece a orillas del Nilo y en la cuenca mediterránea, o pergamino, que, inventado en Pérgamo y empezado a usar cuando escaseó el papiro, es la piel de algunos animales jóvenes (cabrito, ternera, cordero) pelada, descarnada y curtida.

Cuando se escribía sobre papiro o pergamino, se utilizaba una pluma, que en latín podía denominarse calamus (de ahí el célebre lapsus calami o error por desliz al escribir), o penna, cortada y dispuesta como las modernas plumas de ave, que se mojaba en la tinta (atramentum) de un tintero (atramentarium).
Dice la inevitable Güiquipedia que la tabla rasa (en latín tabula rasa) es una tablilla sin inscribir. Pero habría que precisar un poco más y decir: una tablilla encerada. Y es que griegos y romanos utilizaban tabulae o tabellae, que es su diminutivo, que podemos traducir por tablillas o tabletas, para escribir en ellas de un modo privado, a modo de modernas agendas o diarios o mensajería electrónica a través de la Red.

En español se usa la expresión “hacer tabla rasa” para indicar la acción de olvidar y no tener en cuenta hechos pasados, similar a «hacer borrón y cuenta nueva». Como metáfora se aplica, desde Locke, según tengo entendido, a la mente del recién nacido, que vendría al mundo vacía, “como una tabla rasa, horra de caracteres y sin ninguna idea”.
Se esparcía cera en la superficie de unas tablillas de madera, cuyos bordes estaban levantados; por lo que su interior estaba ligeramente raspado o ahuecado de modo que la cera quedase en él fijada y bien contenida. Por lo común se juntaban varias tabletas, mediante un cordoncito pasado por agujeros practicados en el borde; por eso las tabellae podían ser dobles duplices, triples triplices... múltiples multiplices, de donde proceden nuestras palabras duplicar, triplicar... multiplicar, según el número de tabletas de madera de que estaban compuestas. Se indicaban también con el nombre griego de diptycha, triptychapolypticha, palabras que hemos heredado en castellano: díptico, tríptico y políptico (según el Diccionario “Pintura, grabado o relieve distribuidos en varios paneles que pueden plegarse sobre sí mismos”), compuestas del número dos (di-), tres (tri-) o del adjetivo muchos (poly-) más el sustantivo πτύξ πτυχός (ptýchs ptychós) que significa literalmente pliegue.

Cada tableta se cubría de cera por las dos caras, pero en el dipthychon se enceraban sólo las partes interiores; tenía, por lo tanto, el aspecto de una carpeta, librito o cuaderno; las dos caras exteriores hacían en cierto modo el oficio de cubiertas. Sobre la anterior algunos labraban su propio nombre. Estas tabletas enceradas de madera son el antecedente más antiguo del moderno tipo de libro, y prefiguraron el códice de pergamino que sustituyó al tradicional liber, volumen o rollo de papiro.
En la cera se grababan las letras por medio de un canutito largo, una especie de punzón delgado y puntiagudo o estilete, que se llamaba stilus (o stylus), actividad que se denominaba en latín arare o exarare, con un metáfora agrícola, propiamente “trazar un surco”. En la otra extremidad del stilus había una pequeña espátula redonda o llana, que servía para borrar algunas de las letras o palabras ya trazadas, o para restituir a la cera la igualdad de una superficie uniforme y dejar la tableta quam tabula rasa, de donde viene la expresión de hacer “tabla rasa”. Así se explica el célebre “saepe stilum uertas, iterum quae digna legi sint / scripturus” de Horacio (Sátiras, I, 10, 72) “Vuelve a menudo el punzón, si vas a escribir algo digno / de releerse”, donde la expresión “volver el punzón” significa usarlo no sólo para escribir, sino, al revés también, para borrar lo escrito y corregirlo.

Stilus acabó por significar ya en latín “ejercicio de escribir”, de donde viene nuestro moderno “estilo”, palabra noble, que significa la más exquisita y estilizada, valga la redundancia, expresión de la personalidad de un artista en general y de un escritor en particular a la hora de elegir y disponer las palabras. “El estilo es el hombre” ha dicho Buffon; al principio, en cambio, era un simple punzón de hierro, de hueso, de marfil, y servía para rasguñar la cera. Recuerdo de este origen es nuestra expresión pluma estilográfica.
Las tabletas enceradas eran el medio más adecuado para transmitir misivas secretas, particularmente entre amantes, y en este caso, para que entre el remitente y el destinatario no se entremetiese la curiosidad del portador o de algún otro indiscreto, se ataban con un cordoncito y se sellaban.

He aquí la elegía III, 23, de Propercio según la edición de S.J. Heyworth en Oxford Classical Texts (2007), en la que el poeta se lamenta de haber perdido sus tablillas, igual que si fuera un moderno adolescente que ha extraviado su móvil y ofrece una recompensa a quien se lo devuelva.

Ergo tam doctae nobis periere tabellae,
scripta quibus pariter tot periere bona!
has quondam nostris manibus detriuerat usus,
qui non signatas iussit habere fidem.
illae iam sine me norant placare puellas,
atque eaedem sine me uerba diserta loqui.
non illas fixum caras effecerat aurum:
uulgari buxo sordida cera fuit.
Qualescumque, mihi semper mansere fideles,
semper et effectus promeruere bonos.
forsitan haec illis fuerunt mandata tabellis:
'irascor, quoniam es, lente, moratus heri.
an tibi nescio quae uisa est formosior? an tu
non bona de nobis crimina ficta iacis?'
aut dixit: 'uenies hodie, cessabimus una:
hospitium tota nocte parauit Amor,'
et quaecumque uolens reperit non stulta puella
garrula cum blandis ducitur hora dolis.
me miserum, his aliquis rationem scribit auarus
et ponit duras inter ephemeridas!
quas si quis mihi rettulerit, donabitur auro:
quis pro diuitiis ligna retenta uelit?
i puer, et citus haec aliqua propone columna,
et dominum Esquiliis scribe habitare tuum.

Papiros que crecen en las ruinas del templo de Apolo en Siracusa (Sicilia)

Así la traduzco en versión rítmica en hexámetros y pentámetros dactílicos españoles:

¿Se me perdieron entonces tablillas tan cultas, con las que
se me perdió también tanto de pro que escribí?
Su uso en mis manos las hubo hace tiempo gastado ,
uso que, sin firmar, hizo cobrar validez.
Ya ellas sabían sin mí calmar a mis enamoradas,
y unas palabras decir muy elocuentes sin mí.
No las había el oro incrustado hecho valiosas:
cera había sin más sobre tablero de boj.
Siempre a mí de la clase que fueran me fueron leales,
siempre prestado me han buenos servicios también.
Estos mensajes había tal vez en aquellas tablillas:
«Lerdo, enojada estoy, porque tardaste ayer.
¿No te habrá no-sé-quién parecido más guapa? ¿O lanzas
falsas calumnias no buenas en contra de mí?”
O te decía: «Vendrás hoy, juntos nos solazaremos;
«Toda la noche cuartel te ha deparado el Amor»
Y lo que inventa de grado la chica listilla, chismosa,
cuando la cita se da a triquiñuelas de amor.
¡Pobre de mí, un usurero en ellas sus cálculos hace
y entre sus libros las va frígidos a colocar!
Si alguien me las devolviera, será a precio de oro pagado:
¿Quién va a querer guardar tablas en vez de parné?
Rápido, vete, muchacho, y colócalo en una columna,
y en las Esquilias, pon,    vive el que es tu señor.

martes, 5 de diciembre de 2017

Corporis partes: IX .-Manualidades.




Vamos aquí a meter mano a una cosa, o, mejor dicho, a una palabra, que no es lo mismo. Vamos a meter mano a la palabra "mano". Espero, eso sí, que no se me vaya la cosa de las manos.   Aquí, por lo tanto, sólo va a haber palabras, cuyo intercambio es el más noble que puede haber entre los seres humanos. Aunque no van a estar todas las que son, porque muchas, fugitivas,  se me van a ir de las manos,  procuraré que por lo menos todas las palabras que estén vengan del mismo tronco común, de la misma mano, haciendo una cuidadosa criba o  manicura. Espero, ya que meto la mano, no meter la pata.

La palabra "mano" viene del latín "manus", y es femenina, no por nada, sino porque conserva el género gramatical que tenía en la lengua madre del Lacio, y por eso decimos la mano, y no *el mano, algo que sorprende a primera vista a los extranjeros que aprenden la lengua del manco de Lepanto y que se acostumbran enseguida a la regla de que los sustantivos que acaban en -o son masculinos, sin tener en cuenta esta excepción que confirma la regla.

 Conque no se inquiete nadie. No vamos a llegar a las manos de verdad,  no vamos a pelearnos con las dos extremidades superiores, la izquierda,  zurda o siniestra, y la derecha o diestra, ni va a llegar la sangre al río. No vamos a levantarle la mano a nadie ni a darnos de manotazos, manotadas, mamporros y mamporrazos. Simplemente vamos a darle un buen meneo a la palabra "mano".  Pero no vamos a hacer como los mamporreros, que se dedican a dirigir el miembro del caballo a la vulva de la yegua para facilitar la operación de la monta en el acto de la generación, lo que se ha convertido en un insulto habida cuenta de que no se necesitan demasiadas luces ni formación profesional para llevar a cabo algo que el caballo suele desempeñar sin dificultad por sí solo. De ahí que se denomine mamporrero por extensión a la persona que hace el trabajo sucio generalmente a un superior jerárquico utilizando medios ruines, rastreros y las más de las veces inconfesables.

Pero tampoco vamos nosotros aquí a propinarnos mandobles, que son los golpes y aun los navajazos, puñaladas o cuchilladas que nos da a veces la vida, la peor de todas las maestras, con el arma blanca, cuchillo, puñal o navaja, que tenga a mano y empuñe con doble mano, sino que, por el contrario, vamos a darnos amistosamente la mano, porque conviene hacer las cosas que hagamos de mancomún, es decir de acuerdo, unida- o solidariamente, dado que nos mancomunamos con los demás, formamos una mancomunidad o comunidad de manos

Tampoco vamos a comer con las manos, que es de mala educación, y para eso se inventó la cubertería de los cuchillos, cucharas y tenedores.  Y es que en la mesa hay que guardar buenos modales o maneras, sin caer en el amaneramiento, que es la exageración sobremanera de gestos manuales,  lo que puede hacer que se nos tilde de amanerados. 

Pero en la vida en general hay que tener buena "maña" o habilidad manual e ingenio, para amañar las cosas y que no se nos desmañen,  y ser mañoso en el buen sentido de la palabra, en el sentido de ser un manitas, no un manazas, y no en el de vicio contraído, mala costumbre o resabio, que eso son malas mañas. 

De antemano, muchas son las palabras relacionadas con la mano que nos vienen a las mientes y a las manos y que nos vienen a mansalva, es decir,  a mano salva o a salva mano, o sea, con mucha seguridad, sin gran peligro de equivocarnos,  cuando pensamos en derivados de "manus". Unas nos vienen por tradición manuscrita de los monjes amanuenses,  y las leemos ya impresas en los libros. Otras nos llegan directamente a los oídos.

Las palabras nos vienen en tropel,  a manadas, que eran los montones de hierba o de cereal que caben en la mano cogidos de un puñado, y de ahí el hato de ganado que estaba en poder de nuestra mano, o bajo nuestra responsabilidad. Otras veces las palabras vienen a manojos, que son los ramos de plantas o flores que llevamos en la mano. Así que no corremos el riesgo de quedarnos manicortos ni maniatados ni manituertos ni manirrotos, sino más bien manilargos a la hora de citar algunas.

Son las palabras como piezas de mampostería , o sea, como mampuestos, que así se llaman a las piedras colocadas a mano, que encajan perfectamente dentro del engranaje de un edificio, y, en nuestro caso, de un texto. Procuraremos que ninguna nos quede a desmano o a contramano, aunque  sean de primera, segunda o tercera mano.

En otro orden de cosas y de palabras, no es lo mismo, por ejemplo, la mano de obra, generalmente barata, del obrero de la construcción que está con las manos en la masa y  la manufactura, que la maniobra del gobierno,  que es la reforma laboral que abarata las pensiones y alarga la vida laboral de los contribuyentes en detrimento del júbilo de la jubilación, cada vez más lejana e inalcanzable como un trampantojo.

No hace falta que nadie nos lo mande, es decir que lo ponga en nuestras manos para que dejemos de hacer lo que está mandado, y cumplamos los  mandamientos del decálogo, como Dios manda. En este mundo, tanto en la sociedad civil como en el estamento militar ya hay demasiados mandatarios, mandamases democráticos o no, mandos y comandos, comendadores, que por mi mal los vi, comandantes, demasiados y demasiadas mandones y marimandonas, por desgracia, porque tanto monta Isabel como Fernando, sin que importe ya mucho de verdad el timbre masculino o femenino de la voz de mando

Porque es manifiesto ya que está en nuestra mano comprobarlo y está claro, como dice el pueblo llano, que los que mandan tienen la sartén por el mango, y que donde hay capitán no manda marinero, aunque también es verdad, por cierto, que los que mandan por activa son por pasiva los más mandados.

Aunque a veces presentemos alguna demanda, nos dejamos manipular y manejar, y nos encomendamos y amansamos, es decir nos hacemos mansos o lo que es lo mismo acostumbrados a la mano que nos da de comer como estómagos agradecidos que somos y habituados al poder de nuestro dueño, y lo hacemos  con rutinaria mansedumbre, aunque a veces cometamos algún desmán, y nos desmandemos, o soñemos al menos con nuestra emancipación.

En la antigüedad un esclavo podía ser manumitido, es decir, liberado y convertido en liberto y aun en libertino, si rompía todos los lazos con su antiguo dueño. La manumisión era un acto jurídico por el que un siervo dejaba de estar bajo el poder de su amo,  dejaba de estar "mantenido", de estar en manos de alguien y bajo su manutención, y podía moverse libremente: se emancipaba, es decir, dejaba de ser un mancebo en el sentido antiguo de la palabra, donde valía por "esclavo". Aunque podía muy bien amancebarse y practicar el amancebamiento, que es el trato sexual entre hombre y mujer no unidos por matrimonio, unión que no era bendecida por la iglesia ni por el Estado, siendo la mancebía sinónimo de prostitución y también, aunque parezca mentira, que no lo es, de juventud, porque los mancebos, como los mozos de botica, eran siervos jóvenes.

En ese sentido hay que decir que la mujer estaba bajo el poder de su padre o de su marido. Era por eso por lo que los pretendientes pedían la mano de las pretendidas, que pasaban de la mano, o sea del poder, del padre a la mano o poder del esposo.

Y para no guardarnos ningún as bajo la manga, que es lo que cubre la mano, nos arremangaremos con mucho remango, y citaremos también el manoseo, la manguera, y la manopla, esa suerte de guante o pieza de la armadura antigua, con que se guarnecía la mano, la discutida masturbación o acción de procurarse goce sensual a solas con las manos, si aceptamos la conjetura de que masturbatio procede de manustupratio o manusturbatio y no, más improbable, de magis turbatio,  el manillar, esa pieza de la bicicleta encorvada por sus extremos que forma un doble mango en el que se apoyan las manos,  la manivela, manija o manubrio  y las manecillas diminutas del reloj, maldita sea la hora en que se inventó; con lo bien que vivíamos sin él y sin las prisas que  nos mete.

Los que hacen a dos manos son los que mejor se desenvuelven,  sobre todo si tienen algo importante entre manos y pueden atenderlo con entrambas manos, ambidiestros que son, porque no carecen de mano izquierda, o dicho de otro modo, tienen buena mano, o mano de santo, y no están dejados de la mano de Dios.

Y si bien Poncio Pilatos se lavó las manos, no fue por razones de higiene, sino por desentenderse del asunto de capital importancia que se traía entre manos.

También se ha dicho mucho que manos blancas no ofenden. La blancura era en tiempos pasados un signo no sólo de candor e inocencia, sino sobre todo de belleza,  y la belleza,  atributo definitivo de las mujeres. Con lo de manos blancas se aludía a las carrilladas "inofensivas" que podían propinar las mujeres a los hombres cuando se sobrepasaban con ellas, bofetadas que no ofendían.

 Por otra parte,  Jean Paul Sartre, el filósofo existencialista,   no sólo no se lavó las manos como Pilatos, sino que además decía que había que comprometerse y ensuciarse las manos, olvidándose a veces de consideraciones morales. Decía que había que mancharse las manos, y que no había que avergonzarse de tener las manos sucias si era preciso, y era preciso emporcárselas sobre todo cuando uno se dedicaba profesionalmente a la política.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Oficio vespertino en Silos

A veces conviene hacer una pausa pero no para que nos permita poder seguir adelante después impunemente como si no hubiera pasado nada, una vez recargadas las pilas, como hacen los ejecutivos y funcionarios,  sino para dejar de avanzar por el mismo camino que llevábamos, extenuados como estamos de tantas informaciones cancerígenas de un mundo en el que a fin de cuentas no pasa nada que no sea la repetición de lo mismo de siempre, cuyo objetivo es saturarnos y mantenernos completamente desinformados a fuerza de tantas noticias y opiniones (que son como los culos, ya se sabe, todo el mundo tiene), de tanto ruido y de tanta palabrería que ensordece nuestros oídos y que no nos deja escuchar el sonido de la música verdadera del silencio.

Merece la pena acercarse hasta la abadía benedictina de Silos, en tierras de Burgos, aunque sólo sea para escuchar cantar a los monjes la liturgia monástica de las horas, huyendo del mundanal ruido, como hicimos nosotros el día 2 de noviembre, conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, asistiendo al oficio de Vísperas. No seríamos más de 20 personas, si llegamos a ser tantas, las que escuchamos en absoluto silencio, arrobo y sosiego, el concierto de los monjes que, además de cantar como los ángeles, siguen la regla monástica de su fundador (ora et labora).

 Ciprés de Silos

El oficio comenzó a las siete de aquella fría tarde de otoño. Antes estuvimos visitando el claustro del monasterio, cuyo guía nos explicó detalladamente los capiteles más significativos y los detalles más importantes de la historia de la abadía y de la orden allí establecida. Cuando llegamos al famoso ciprés que cantó Gerardo Diego, el  guía nos regaló con la recitación del soneto “Enhiesto surtidor de sueño y sombra...”, que recordó de memoria y declamó con voz grave y solemne, sin afectación, sólo rota por los trinos de los pájaros, y que arrancó nuestros aplausos espontáneos. Igualmente visitamos la botica donde los frailes elaboraban los fármacos propios con hierbas y productos naturales. 

A las siete en punto de la tarde, ya en la iglesia abierta al pueblo, las voces de los monjes entonaron en vivo y en directo, a capela, gratis et amore, con el fondo del órgano, los salmos gregorianos. En latín, por supuesto, como Dios y la tradición mandan.

Tras la invocación inicial, entonaron un himno: Inmensae rex potentiae, Christe, tu Patris gloriam nostrumque decus moliens, mortis fregisti iacula: Rey de inmenso poder, Cristo, tú, fortaleciendo la gloria del Padre y nuestra dignidad, quebrantaste los dardos de la muerte. A continuación interpretaron la salmodia: tres salmos y un cántico precedidos y seguidos de sus respectivas antífonas. Luego uno de los monjes procedió a la lectura de la Biblia, y tras la breve lectura se entonó el Magníficat, precedido y seguido siempre de su antífona.


Acto seguido, vinieron las preces, a las que siguió el Padre Nuestro (Pater Noster), y por último la oración final. La ceremonia concluyó con la procesión de los monjes cantando hasta la capilla del santo, donde se hallan supuestamente sus reliquias.

La interpetación del Magnificat de los monjes de Silos, me trajo a la memoria esta desenfadada y roquera versión que hicieron las inolvidables Vainica Doble en uno de sus mejores discos: "Contracorriente" (1976). Cuando en España estábamos aburridos ya de tanta canción protesta, aparecieron de pronto ellas, frescas e irreverentes, musicalmente impecables, con sus nada ingenuas letras, cantando por ejemplo aquello de Déjame vivir con alegría... Con un dátil por alimentación, con un dátil inventé la democracia, con un dátil yo te gano el maratón, no me hace ninguna gracia, que me tengas compasión... Y un higo chumbo, y una aceituna, un nuevo mundo yo descubrí con Colón... "

El último tema de aquel álbum era este Magníficat, donde  cantaban que su alma también proclamaba la grandeza del Señor que deposuit potentes de sede et exaltavit humiles; esurientes implevit bonis et divites dimisit inanes: derribó a los poderosos de su trono y enalteció a los humildes; a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

jueves, 30 de noviembre de 2017

De la soberanía popular (I)

La palabra “soberano” es herencia del latín superanus, que a su vez se compone de la partícula super (equivalente de la griega ὑπέρ,  hyper en transcripción), que significa “encima, arriba”, raíz que aparece en varios adjetivos latinos clásicos como superbus, superior, supremus, supernus y superus (superi por omisión de di son los dioses de arriba, del cielo o de lo alto, que se contraponen a los inferi o dioses infernales de abajo).

Sin embargo superanus, que se compone también de la misma raíz super, más el sufijo popular -anus, es un desarrollo del latín tardío y medieval, recogido como está en el Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis de Du Cange y W. Meyer (1886) y atestiguado en varios documentos, por lo que no hace falta restituirlo con un asterisco como forma supuesta pero no documentada. Así, por ejemplo, leemos en el Chartularium de la abadía de San Víctor de Marsella de finales del siglo XI: Et dono ibi, in alio loco, juxta via superana, quae vadit ad Artiga, petia de terra. Y te doy allí, en otro lugar, junto al camino de arriba, que va a Artiga, una pieza de terreno.  Donde aparece la expresión via superana como “camino de arriba”, con el significado local, puramente topográfico de “situado en una posición elevada”.

De este adjetivo superanus –a -um deriva la palabra italiana soprano,  aplicada al registro femenino más alto o agudo de la voz humana, y soprana camisa sin mangas de algunos seminaristas que se ponía directamente sobre otra vestidura y no sobre la piel, como la simple camisa.  En italiano se conserva también como adjetivo en desuso en la expresión “porta soprana” de la ciudad de Génova, situada en la cumbre, de ahí lo de “puerta de arriba”, en la cresta del llano de Sant’Andrea, que se contraponía a la Porta Sottana o “de abajo”, más conocida hoy como Porta dei Vaca.

Porta Soprana o de Sant' Andrea en Génova.
 

Y este es el significado moderno de la palabra española “soberano”, que el Diccionario define como “Que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente”, y "soberanía", como “Cualidad de soberano” en primer lugar y en segunda instancia como “Poder político supremo que corresponde a un Estado independiente”. Asimismo, se define el soberanismo como el movimiento político que propugna la soberanía de un territorio, es decir, la propiedad de un territorio y el poder político supremo que no depende de ningún otro, ejercido sobre dicho territorio y los que en él habitan.

Soberano, soberanía y soberanismo se han convertido, pues, en palabras cultas propias de la jerigonza del gremio de los demagogos o políticos profesionales que se dedican a engañar al pueblo, al que halagan considerándolo soberano, dándole a entender torticeramente que no hay nada ni nadie por encima de él, como si, imitando el título de Rojas Zorrilla de "Del rey abajo ninguno", dijéramos "Del pueblo abajo ninguno".

Si el pueblo es soberano quiere decir en román paladino, o sea, en el lenguaje claro y llano con el que uno habla con su vecino, que es el rey y monarca que está arriba y no abajo, que por encima de él no hay nada ni nadie porque no hay otro soberano más que él, ni siquiera los presuntos "representantes" de la soberanía popular, porque al pueblo no lo representa ni Dios que lo creó. Y eso, obviamente, es mentira porque si el pueblo está “arriba”, ¿de qué o de quién o qué esté “abajo”? Arriba se define en contraposición a abajo. Si no hay nada ni nadie abajo, tampoco puede haber nadie arriba, ni arriba siquiera propiamente dicho ni soberanía que valga.

"Usted es la mayoría": eslogan electoral francés.

El problema se multiplica cuando en vez de hablar del pueblo en singular, hablamos de pueblos en plural, porque entonces estos entran en competencia entre sí y comienzan a disputarse la soberanía o dominio de sus respectivos territorios. Y cuando hablamos de pueblos en plural cometemos otro lío mayúsculo, ya que o están configurados como Estados o aspiran a estarlo. Últimamente se habla en España de pueblo español y de pueblo catalán, como si este último no estuviera incluido, por definición política, en el primero, como si fueran dos pueblos distintos, lo que se explica por la pretensión soberanista de muchos catalanes de constituirse en Estado independiente. Pero la idea de Estado es la más engañosa de todas porque equipara pueblo y gobierno, y mete en el mismo saco al gobernado, que es el pueblo, y al gobernante emanado de él, que son sus supuestos representantes o comisarios. Y la idea de Estado democrático la más perniciosa  y la que más aumenta la ceremonia de la confusión, porque es la forma de gobierno más evolucionada históricamente y la que nos ha tocado padecer a nosotros, en pleno siglo XXI,  y denunciar, por si sirve de algo.

De alguna forma todos los pueblos existentes se consideran pueblos elegidos (por Dios, como el judío veterotestamentario, o por la Historia, que es la versión laica del dios monoteísta de Israel) y por lo tanto la existencia no de un pueblo, que podría ser el conjunto de la humanidad, sino de diversos pueblos obliga a que todos pretendan ser soberanos no sólo de sí mismos sino también de los demás, y ahí comienzan los problemas entre unos y otros.

 Asamblea ateniense

Si el pueblo es soberano como dicen los demagogos o políticos profesionales,  ¿qué necesidad tiene de delegar su soberanía en uno (monarquía), en unos pocos (oligarquía) o en una mayoría (democracia que en rigor debe llamarse oclocracia, ya que όχλος significa  mayoría pero no totalidad, que acaba desembocando en lo que Platón llamó teatrocracia o gobierno de los representantes)? Si el pueblo es soberano de verdad no hay ni arriba ni abajo, no necesita ningún órgano que lo administre ni gobierne. La soberanía popular es la negación de toda forma de gobierno, es decir, la soberanía popular auténtica, la verdadera democracia,  sería, propiamente hablando, la acracia.