viernes, 21 de abril de 2017

Monigotes, turiferarios y sarcasmos

Monigotes: Según la tradición, el día de los santos inocentes, se cuelga un monigote de la espalda de aquel al que queremos señalar públicamente como “inocente”, o sea incapaz de hacer daño a nadie, del que nos burlarnos. ¿Por qué un monigote? ¿Qué es un monigote? La palabra deriva del latín monachus, que significa “monje”, que a su vez procede del griego monachós “que vive solo, solitario”, “único” más el sufijo despectivo -ote. Puede relacionarse con palabras de la misma familia como monacal, monaguillo, monacato y monasterio y compárese con el conocido valor del prefijo mono-: monólogo, monarquía, monopatín…Un monigote era un monaguillo, generalmente un mocito del pueblo, un sacristanejo que ayudaba en misa y en la sacristía a vestirse o desvestirse al cura, que solía ser un hombre culto y estudiado, además de no poocas veces pederasta. En definitiva, el monigote o monagote era alguien muy único como él solo, muy suyo, y, por lo tanto, muy idiota en el sentido etimológico de la palabra, esto es, muy poco dotado de sentido común, de donde viene la connotación familiar y figurada que tiene la palabra de pelele, muñeco, dibujo torpe o mal hecho, como los garabatos que hacen los niños, lo más indicado para colgar en la espalda del inocente al que se le engaña fácilmente sin que se percate de la broma.




Turiferarios: Turiferario quiere decir persona portadora del incensario (de tus turis, incienso, en latín, y el verbo fero llevar) donde se quema el incienso o turífero. Es por lo tanto una evocación oriental, porque del Oriente, de donde nos viene la luz (ex Oriente lux), vienen también los Reyes Magos siguiendo el curso de una estrella, portadores de oro deslumbrante, incienso precisamente y mirra. ¿Cuál es la función del incienso? Si atendemos a las ocasiones en que se hace uso de él, está claro que su función es desodorante, o, mejor dicho, odorante: acabar con los malos olores, con el sudor de los peregrinos o con el hedor de los cadáveres en descomposición, al quemar los granos aromáticos, que envuelven enseguida nuestro olfato no dejando que percibamos otras notas olfativas, tal es su intensidad. Del significado literal de "portador de incienso" se deriva su significado metafórico y su connotación de adulador servil, tiralevitas, o lameculos, es decir aquel que te halaga hasta la hez para obtener a cambio alguna prebenda, algo más de ti que tu agradecimiento, algo más interesado, generalmetne dinero. ¿Qué hay más interesado que el dinero en este cochino mundo? ¿Cuál es el interés del capital si no multiplicarse con el paso del tiempo?


Sarcasmos: un sarcasmo, etimológicamente, consiste (del griego sárx, sarkós carne, como en sarcófago, cuyo calco semántico latino es, para alegría de los vegetarianos, carnívoro) en el desollamiento de un enemigo vencido, arrancándole el pellejo para escarnio, como hacían los pieles rojas con las cabelleras de los rostros pálidos, o como hizo Apolo con el sátiro Marsias, que había retado al dios de la música en una competición musical. De este significado literal, deriva: una burla sangrienta, una ironía mordaz y brutal. Por ejemplo, en los Estados Unidos de América llamaron a la Primera Guerra Mundial “la guerra que pondría fin a todas las guerras”. Resultó sarcástico, porque enseguida vino la segunda guerra mundial que dejó muy corta a la primera. Otro sarcasmo es, se me ocurre, la expresión “coche fúnebre”: todos los automóvile lo son en algún sentido real y figurado: el coche mata al peatón que todos llevamos dentro convirtiéndolo en su chófer. Los automóviles, además, son como el caballo de Atila, por donde quiera que pasan ya no crece la hierba, sino el asfalto. Son monstruos carnívoros, sarcófagos rodantes y contaminantes, cementerios de sus propios integrantes, conductores y víctimas atropelladas. 

 -¡Ves cómo sí existe un ser superior que está por encima de nosotros?

miércoles, 19 de abril de 2017

El escudo de Arquíloco

En la táctica del hoplita o soldado griego de infantería que usaba armas pesadas, el escudo como arma defensiva que era no solo servía para proteger el propio cuerpo, sino también el flanco del compañero más cercano dentro de la falange, y por honor no debía perderse.

El poeta griego Arquíloco (siglo VII antes de JC) se atreve, por primera vez, a confesar en dos dísticos elegíacos cómo escapó de una batalla arrojando su pesado escudo. Para un griego de aquella época no había nada más deshonroso que ser tachado de cobarde, lo que además estaba tipificado como delito: ἀποβεβληκέναι τὴν ἀσπίδα haber tirado el escudo. Pero Arquíloco, a pesar de eso, se muestra muy contento de haber salvado el pellejo en ese trance bélico y aún se permite bromear con desenfado, diciendo que se vaya al infierno el escudo y que ya se comprará otro igual o mejor, inaugurando una tradición que llega hasta nuestros días: 



 Porta un tracio, ufano, mi escudo, que, yo en una mata,
irreprochable arnés abandoné sin querer.
Pero salvé mi pellejo. ¿A mí qué me importa el escudo?
¡Púdrase! Otro que no sea peor compraré.

Estamos muy lejos del heroísmo homérico y épico. Hemos inaugurado la modernidad. El escudo de Arquíloco es el escudo que mi madre, una adusta espartana, me dio cuando partí a la guerra diciéndome lacónicamente: "Vuelve con él como un valiente o sobre él muerto o herido en combate después de demostrar tu valor". Yo arrojé el escudo, nos dice Arquíloco, en el campo de batalla, y eché a correr dándole la espalda al enemigo. La verdad es que lo solté porque pesaba mucho. Si no hubiera pesado tanto no habría sentido la necesidad imperiosa de desembarazarme de él arrojándolo a unos matorrales. 

Por eso lo tiré en medio del fragor de la batalla cuando salí corriendo para poner a salvo mi vida como un cobarde que huye del combate. Conmigo empezó el poco heroico heroísmo moderno y la deserción de las armas. 

Horacio, en la oda séptima del libro segundo, dedicada a Pompeyo, un viejo camarada del ejército republicano, con quien había sufrido la derrota de Filipos, reconoce, en la espléndida traducción en prosa de José Luis Moralejo, que él también tiró su escudo:  “A tu lado supe lo que fue Filipos, y la huida a toda prisa, la adarga malamente abandonada, cuando el valor se quebró y los que tanto amenazaban dieron con el mentón en el suelo polvoriento”. Comenta Moralejo, a propósito del relicta non bene parmula que Horacio hace suya la vivencia poco heroica de Arquíloco: “El motivo de la huida ante el enemigo abandonando el escudo o las armas parece haberse convertido en tópico literario, pues también aparece al menos en Alceo (fr. 428 Lobel-Page) y en Anacreonte (fr. 85 Gentili)”.


El poeta latino Quinto Horacio Flaco, como tribuno que era, probablemente no tuvo un escudo propiamente dicho, ni se podía comparar el escudo romano de un legionario (scutum) con la parmula (escudo pequeño de mimbre, que Moralejo traduce con el término cervantino “adarga”). Horacio, efectivamente, se hace eco aquí de lo que seguramente no era ya más que un tópico literario de poetas griegos que se tildaban a sí mismos de cobardes. Cualquier romano culto reconocería este guiño literario.

Actuamos cobardemente y nos enorgullecemos de ello, parecen decirnos Arquíloco y Horacio, poetas ambos, porque salvamos el pellejo en aquella ocasión, y, por lo menos, no pasamos a "mejor vida" mediante una muerte homérica y heroica más propia de Héctor o de Aquiles. ¿Por qué, por cierto, cuando uno muere porque ha llegado su hora o porque lo matan como en la guerra se dice de él que pasa a “mejor vida”? ¿Hay vida después de la muerte? ¿La hay acaso antes?

sábado, 15 de abril de 2017

Desaprendiendo (homenaje a Borges)

Circula por la red un falso poema atribuido a Jorge Luis Borges que se llama Aprendiendo. No voy a dar el enlace. Si a alguien le interesa tal superchería falsaria, no tiene más que escribir “aprendiendo” y el nombre del escritor argentino en cualquier buscador para que aparezcan enseguida numerosas páginas donde se incluye semejante engendro de pésimo gusto.

Está tan mal escrito que no puede ser obra del genial Borges. Además, parece una mala traducción de la lengua del imperio que, como se sabe, es el inglés norteamericano. En cuanto a los contenidos, son realmente tópicos, típicos lugares comunes de un manual de autoayuda escrito por algún psicólogo doctorado por cualquier supuestamente prestigiosa University de los Estados Unidos donde a sus autores les han regalado el título por su participación en el equipo de rugby, y les han dado una beca por hacer un curso monográfico sobre pensamiento único y convencional.

Al pobre Borges, que estará removiéndose en su tumba contra tal falsificación, le habría hecho gracia la superchería plagiaria si hubiera tenido algo más de arte y de ingenio. Por mi parte, sólo se me ocurre contraatacar con este Desaprendiendo, que sí podía haber escrito Borges. 



  
Desaprendiendo



Con el tiempo y con los libros de la Biblioteca Universal uno debería percatarse de la relatividad de las cosas de la vida, y de la sutil semejanza que hay entre el día y la noche, entre un éxito y un fracaso, entre el bien y el mal, entre el odio y el amor, entre la verdad y su falsificación.


Con el tiempo te das cuenta de que no sabes absolutamente nada de nada, como aquel griego, el hijo de la partera, que se llamaba Sócrates, salvo acaso cuán vasta es tu ignorancia.


Con el tiempo comprendes que la vida, esa vieja raposa de la fábula de Esopo, la peor maestra que podía tocarte en esta escuela, lejos de enseñarte algo, te convierte, si te dejas llevar por ella, en un sinvergüenza y un infame canalla.


Con el tiempo uno no aprende nada de nada, absolutamente nada, excepto la fatiga de desaprender lo mucho y lo mal que ha aprendido.


Con el tiempo todo se va, la vida se va, los amigos se van, se van las palabras, se van los instantes, fugitivos como el río de Heráclito, y sólo queda el viejo déspota al que los griegos llamaron Cronos, ese dios omnipresente al que sería preciso desenmascarar.


Con el tiempo y en cualqueir lugar del mundo, aquí y ahora mismo en Buenos Aires, por ejemplo, se descubre al fin que el tiempo no cuenta ni vale para nada, ni siquiera para cicatrizar nuestras múltiples heridas.

jueves, 13 de abril de 2017

HORA CERTA, MORS INCERTA



Quaedam horologia id, quod uerum non est, nobis dicunt: “Mors certa, hora incerta”. Horologium a sensu contrario dicere debet: “Hora certa, mors incerta”. Mors enim, quae nobis ignota manet, incerta est quoniam nullam eiusdem propriam experientiam habemus. Non mortis igitur hora, sed quae hora nunc sit certissima uidetur: ea quam horologium nobis indicat. Itaque non de leti nostri hora, sed de hac ipsa hora quae nunc est loquamur.

Lepizigense Horologium (Germania)

Cicero in opusculo suo De senectute scripsit: “Moriendum enim certe est, et incertum an hoc ipso die”.  Haec uerba,  a M. Tullio Cicerone scripta et a Catone dicta, sunt fortasse origo eius dicti quod in horologio Leipzigensi legitur. Sed nos, obstinati Socratici, quid sit mors quaeramus. Quid est mors? Nescimus. Quaeramus nihilominus quid hora nunc sit. Quid hora iam est? Quam horologium nobis indicat. Sed, ut Vergilius poeta cecinit, "tempus fugit irreparabile", et hora quae tunc erat iam non est. Moriendum ergo an uiuendum est nobis?

martes, 11 de abril de 2017

SIC SEMPER TYRANNIS

Dejadme que os cuente una vieja historia que marcó el final de una era y el inicio de otra. Sucedió en Atenas durante la tiranía de Hipias y su hermano Hiparco, que ejercieron un poder totalitario y dictatorial de forma conjunta, aunque el primero, Hipias, era el que llevaba las riendas del gobierno. 

Harmodio y Aristogitón, los protagonistas de nuestra historia, eran amantes. Hay que decir que, próximos a la pubertad, los muchachos atenienses erean cortejados por hombres hechos y derechos, no sólo para vivir una simple aventura amorosa, sino para establecer una relación intelectual y afectiva entre ambos, que no excluía el sexo. En esta relación, el adulto, generalmente casado y con hijos, iniciaba al efebo y le transmitía su experiencia de la vida, recibiendo a cambio el regalo de la juventud del amado. A la nobleza de las intenciones del adulto correspondía la nobleza de la sumisión voluntaria del efebo, que se dejaba querer. Estaba mal visto, en efecto, en la sociedad ateniense el joven que se negaba a los requerimientos amorosos de un adulto de su mismo sexo. Era considerado un ser asocial y arisco. Tal era la relación de Harmodio, un efebo en la flor de la edad, el erómeno, y Aristogitón, el erasta y, más propiamente, pederasta.
 Aristogitón y Harmodio

Pero al tirano Hiparco se le antojó el lindo Harmodio, a quien acosaba sexualmente intentando lograr sus favores, utilizando para seducirlo sus riquezas y poder. Sin embargo, Harmodio, que sólo tenía ojos para Aristogitón, fiel a su amado, no accedía a los requerimientos de personaje tan principal y poderoso. 


Hiparco no llevaba nada bien el rechazo. Montó en cólera contra la parejita feliz y se mofó de ambos amantes en público llamándolos algo así como “mariconcetes y mujercitas delicadas”. Aristogitón, dolido por la pública afrenta y conocedor de los requiebros del rico y poderoso Hiparco, organizó una conspiración contra ambos déspotas, aprovechando el odio popular que despertaba la tiranía, es decir, el poder que ambos encarnaban. 

Dicha conspiración se saldó con la muerte de Hiparco, el hermano del tirano. Pero en la trifulca, encontró también la muerte el efebo Harmodio. Aristogitón, por su parte, fue hecho prisionero, encerrado y torturado hasta que revelase el nombre de los otros conspiradores, cosa que dicen que no hizo, tal era su integridad moral. En lugar de eso, insultó a Hipias, el déspota, y le escupió a la cara, por ser el responsable de la muerte de su amado. Hipias quebró sus miembros en un ataque de furia y lo apuñaló hasta la muerte. Esto sucedía en el año 514 antes de la era cristiana.


Hipias aún se mantuvo en el poder unos años más, y su gobierno no fue menos cruel de lo que había sido hasta entonces. Pero los atenienses no olvidaron munca a Aristogitón, que le había escupido a la cara al tirano, y a su amado Harmodio, y los convirtieron en héroes libertadores. Derrocado finalmente el tirano, los ciudadanos rindieron honores a los dos tiranicidas, como fueron denominados. Fueron considerados héroes que habían liberado a Atenas del tirano Hiparco durante las fiestas de la diosa Atenea.

Dicen que cuando Bruto asesinó a César en Roma en las idus de marzo del 44 antes de nuestra era profirió la frase: sic semper tyrannis, así siempre a los tiranos. La frase, sin embargo, parece que es una invención posterior para añadirle dramatismo al hecho y que Bruto nunca pronunció, pero se hizo proverbial, y así, por ejemplo, en el escudo del estado de Virginia figura como lema. Se da a entender así que a los tirnaos les espera siempre la muerte, pero no una muerte como a los demás mortales, sino el asesinato. Debemos preguntarnos, sin embargo, si la muerte del tirano supone la muerte de la tiranía o del dominio del hombre sobre el hombre.

Fue erigida una estatua de ambos tiranicidas -estatua que Jerjes cuando entró victorioso en Atenas destruyó pero que fue reconstruida- como símbolo del régimen político recién instaurado, la democracia griega, una democracia directa, que no tiene nada que ver con la pantomima de las democracias indirectas y representativas modernas y actuales, donde se delega la soberanía con el voto resultante del sufragio universal en los supuestos representantes de la voluntad popular, ignorando que la voluntad del pueblo es que nadie sea más que nadie, que nadie esté por encima ni por debajo tampoco de nadie, que no gobierne nadie.

domingo, 9 de abril de 2017

Cuando salgas de viaje para Ítaca...

Hay algo de perverso en la utilización que la publicidad hace de la literatura. Por ejemplo, el anuncio televisivo del Seat Exeo 2009 usaba unos versos de Constantino Cavafis “Ítaca”, un poema sublime repleto de referencias clásicas. Es perverso porque no hay nada menos poético que un coche. Y el poema de Cavafis es muy bello. Sugiere que lo importante no es el destino, sino el viaje en sí; lo que cuenta no es la meta, sino el camino. Y esta idea bellísima, que contradice a Maquiavelo (el fin justifica los medios), la utilizan los publicistas para vendernos la moto de su engendro automovilístico, maldito sea, que además tiene nombre latino “EXEO”,voy (EO) del interior (EX) hacia fuera, o sea, salgo. 

Cuando se abre la puerta del coche que nos quieren vender, se oye una voz solemne como venida de ultratumba, profunda y sugestiva que recita unos misteriosos versos con una agradable melodía de fondo. Oigámoslos. “Cuando inicies tu viaje a Ítaca, ruega que el trayecto sea largo…”. Constituyen una invitación al viaje, como descubrimos enseguida. Ítaca es el nombre propio de un destino turístico que nos trae inmediatamente resonancias clásicas… Ítaca era la isla de Odiseo, el héroe homérico más conocido como Ulises que, habiéndose ausentado de su patria para ir a la guerra de Troya, que duró diez largos años, emprendió su regreso, lleno de aventuras, que le llevó otros diez años, toda una odisea, la Odisea de Homero, precisamente. 


Algo parecido pasó hace tiempo cuando utilizaron la novela “On the road” de Kerouac para anunciar un BMW, otro utilitario que pretende utilizarnos a nosotros haciéndonos creer que lo utilizamos nosotros a él como medio de transporte, cuando es la máquina la que nos utiliza a nosotros como sus chóferes. Es el coche, no lo olvidemos, uno de los principales embelecos del mundo capitalista en que actualmente vivimos y uno de los medios de transporte más inútiles que se han inventado, no sólo por su carácter ferozmente individualista y por la invasión que ha supuesto su proliferación de los campos y de las ciudades, sino también por su carga simbólica asociada al éxito social y a la testosterona, así como al fantasma de la libertad, que diría Buñuel. Nada más esclavo que un automóvil que, en vez de liberarnos, nos convierte en sus siervos. Los coches, además, han invadido las ciudades y convertido las calles en aparcamientos, privándonos a los viandantes de amplios espacios para el esparcimiento, e impidiendo a los niños corretear o jugar a la pelota o a cualquier otra cosa en la calle so riesgo de atropello.


El mundo al revés: El peligro son los niños, no los automóviles.

No soy partidario yo de la quema de coches, que me parece un acto vandálico, pero recibo con alborozo la noticia de que gracias a la crisis económica se dejan de fabricar porque la gente no los compra: no hay mal que para bien no venga. “Cada viaje, algo excepcional”. Nos dice el anuncio. Es mentira. Los coches no sirven para viajar, sino sólo para llevarnos del trabajo a casa y viceversa, o de casa al centro comercial y vuelta de nuevo a empezar. Nada más. Es lamentable el uso mezquino, completamente irrespetuoso, de uno de los poemas más sublimes de la literatura universal. Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de aprendizajes, y no debe importarte en absoluto el medio de transporte que emplees, y si vas a pie, a caballo, en una nave como Odiseo o en bicicleta, mucho mejor que si vas en coche, porque los coches son peores que el caballo de Atila, rey de los hunos, pueblo bárbaro donde los haya: por donde pasan no vuelve a crecer la hierba sino la negra flor del asfalto.  

Y aquí tenéis el poema, por si no lo conocíais. Se titula Ítaca y lo escribió el poeta moderno griego, nacido en Alejandría, Constantino Cavafis. Es una reflexión sobre el viaje, que es a su juicio más importante que la llegada a la meta. El destino, en este caso Ítaca, no es más que un pretexto para iniciar un largo recorrido interminable como es la vida misma… Algo así cantó también nuestro Machado en su inolvidable: Caminante, no hay camino; se hace camino al andar. Merece, y mucho, la pena conocerlo. Aquí lo tenéis en traducción castellana de  Ramón Irigoyen.



Constantino Cavafis (1863-1933)


Cuando salgas de viaje para Ítaca, 
desea que el camino sea largo, 
colmado de aventuras, de experiencias colmado.
 A los lestrigones y a los cíclopes, 
 al irascible Posidón no temas, 
 pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
 si tu pensamiento se mantiene alto, 
si una exquisita emoción te toca cuerpo y alma. 
 A los lestrigones y a los cíclopes, 
al fiero Posidón no encontrarás,
 a no ser que los lleves ya en tu alma,
 a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.
 Desea que el camino sea largo. 
 Que sean muchas las mañanas estivales
 en que —¡y con qué alegre placer!— 
 entres en puertos que ves por vez primera. 
Detente en los mercados fenicios
 para adquirir sus bellas mercancías, 
 madreperlas y nácares, ébanos y ámbares, 
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
 todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles. 
 Y vete a muchas ciudades de Egipto
 y aprende, aprende de los sabios.
 Mantén siempre a Ítaca en tu mente. 
Llegar allí es tu destino. 
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje. 
 Es mejor que dure muchos años 
 y que viejo al fin arribes a la isla, 
rico por todas las ganancias de tu viaje, 
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.
 Ítaca te ha dado un viaje hermoso. 
Sin ella no te habrías puesto en marcha. 
 Pero no tiene ya más que ofrecerte. 
Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
 Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia, 
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas. 

   Dibujo de Dimoscenis Coquinidis (El Pireo1929-...)  para ilustración de la Odisea de Homero.

viernes, 7 de abril de 2017

Hacer lo ya hecho

ACTVM AGERE: hacer lo que está hecho. Así se decía en la antigua Roma cuando alguien se ponía a hacer algo que previamente había sido realizado y, por lo tanto, ya estaba hecho y, por eso mismo, no hacía falta ni merecía la pena volver a hacerlo, o cuando alguien repetía sin muchas esperanzas de logro un acto cuyo fracaso había quedado palpablemente demostrado, lo que condenaba la acción a ser siempre una repetición infructuosa. Lo mismo sucede con el lenguaje: DICTVM DICERE. Decimos lo que ya está dicho, repetimos siempre lo mismo, lo mismo de siempre. Tanto ACTVM como DICTVM son acusativos internos: hacer lo hecho, decir lo dicho. Repetir. Inútilmente. Tanto palabras como hechos. ¿No podríamos hacer algo que no estuviera hecho y decir algo que no estuviera dicho? En los viejos cómicos romanos se encuentra varias veces esta expresión de ACTVM AGERE. Así en Plauto, en el Pséudolo, verso 260:  stultus es, rem actam agis. Eres tonto, haces una cosa hecha. 



No merece, pues, la pena hacer algo que ya está hecho, es una estupidez, algo propio de un tonto, nos dice el personaje plautino. Sin embargo, ¿no es eso lo que hacemos constantemente todos y cada uno de nosotros, incapaces de hacer o decir algo nuevo, algo que no esté hecho ni dicho ya, tontos que somos? En Terencio, en Formión, verso 419, encontramos: actum, aiunt, ne agas. No hagas, dicen, lo que está hecho.




No sucederá nada imprevisto, no planeado, ninguna sorpresa. Es cierto lo que dice el refrán castizo: “Trabajo sin provecho es hacer lo que ya está hecho”. 

miércoles, 5 de abril de 2017

Una taza de café

En Roma, muy cerca del Panteón,  ese templo dedicado a todos los dioses paganos antiguos, que en paz descansen, se encuentra el Café de San Eustaquio, en la plazoleta del mismo nombre, establecimiento que dicen que sirve el mejor café de la ciudad eterna y quizá de todo el mundo.



Después de pagar en caja, requisito previo, pido en la barra dos “gran caffé”, la especialidad de la casa. Es la barra clásica italiana, pensada para la consumición de pie y para dejar el sitio libre enseguida para el siguiente cliente. Nos sirven los cafés. Los tomamos allí mismo, en la barra. Afuera hacía frío. Tras el primer sorbo, puedo asegurar que, desde luego, es el mejor café que yo haya tomado en mucho tiempo. Un café cremoso, fuerte pero no demasiado, lo suficientemente azucarado como para no empalagar y como para no necesitar endulzarlo más. 




En el establecimiento se vende café en grano de todos los cafetales del mundo. ¿Por qué San Eustaquio? ¿Qué puede relacionar a este santo cristiano con el café?



Su biografía, imprecisa como la de todos los santos, se centra en la conversión al cristianismo de Plácido, que así era como se llamaba antes de su bautismo. A raíz de su conversión, pasará a llamarse Eustaquio, nombre griego derivado de eu-stachús "buenaespiga o cosecha", y por lo tanto "fecundo, fructífero". 

Plácido nació alrededor de la mitad del siglo I de la era cristiana, noble patricio romano dedicado al arte de las armas, alcanzó en el ejército el grado bastante elevado de maestre de caballería, y se distinguió, bajo el emperador Trajano, por su heroísmo. Según la leyenda, en una batida de caza, Plácido vio brillar entre los cuernos de un ciervo una cruz luminosa que le deslumbró y, supongo yo, le cegó también para siempre: de repente, el cazador resultó cazado, cayendo en las redes de una nueva fe fanática como pocas otras, exclusiva y excluyente, que le reportaría muchas alegrías y alguna que otra amargura, cuyo símbolo era aquella cruz, alegoría de una muerte paradójica que les daba a los que creían en ella la vida eterna y verdadera... Profundamente conmovido después de esta visión alucinante, se convirtió al cristianismo y con él su mujer e hijos,  recibiendo toda la familia las aguas del bautismo.


El grabado de Durero presenta el momento en que el cazador, junto con su montura y perros de caza, ve el ciervo con la cruz luminosa entre su cornamenta, y se arrodilla ante la prodigiosa visión que supone la llamada del Señor.




 San Eustaquio y el ciervo, Durero (c. 1501)

El emperador Adriano, sucesor de Trajano, le ordenó ofrecer un sacrificio a los dioses de Roma, a lo que Eustaquio se negó como buen cristiano que era ya, porque él sólo creía en un Dios único y verdadero, exclusivo y excluyente, tercamente monoteista, y no en todos los dioses falsos y paganos de los romanos, entre los que se incluían los propios emperadores divinizados tras su muerte…


Y aquí es donde viene la invención apologética cristiana: hay toda una literatura martirológica, sin ningún fundamento ni rigor históricos, que convierte a estos fanáticos en santos, en mártires que dan testimonio de su fe muriendo heroicamente y dando sentido a su vida, y que nos abren el camino del martirio a los demás.


Según dichas crónicas, Eustaquio sería condenado por este rechazo, junto con su mujer e hijos, al suplicio de la muerte en el interior de un contenedor de metal candente en forma de toro; que sería para ellos una especie de horno donde serían abrasados vivos. Estos mártires cristianos son, de algún modo, como los granos de café tostado, que desprenden un aroma como el de esta taza de café, tan delicioso y exquisito que mi acompañante y yo saboreábamos aquella fría noche en la ciudad eterna.

 
La visión de san Eustaquio, Pisanello (c.1436-1438)


No es más que una leyenda, por supuesto, falsa como todas, pero creó devoción en toda Europa, siendo éste uno de los catorce santos auxiliadores que son invocados en casos de necesidad, particularmente en época de epidemias, al que se sigue venerando el 20 de septiembre en el santoral cristiano. En la Edad Media, derivados de la leyenda del santo, se escribirán numerosos poemas en los que la figura del ciervo se convierte en símbolo de pureza y de cáritas, o lo que es lo mismo, de amor cristiano.


Me comenta mi acompañante que cada religión tiene sus dogmas, sus dioses, sus templos, sus creencias, sus libros sagrados, sus particularidades, y su amplísima zona de sombra que nos oculta la luz del infinito. La relatividad de cada credo nos aleja del absoluto de lo divino. Y yo tomo el último sorbo del delicioso café y asiento, dándole la razón: los santos nos alejan de Dios, los religiosos de la religión.

 Delicioso café, el mejor antídoto para aquella gélida noche romana de invierno.

sábado, 1 de abril de 2017

Mitología comparada: san Jorge y el dragón



En la leyenda cristiana de san Jorge y el dragón, confluyen por lo menos dos mitos griegos: Apolo, que mató a flechazos a la serpiente o dragón Pitón (Python), y Perseo, que tras cortarle la cabeza a Medusa, se enfrenta a Ceto, un monstruo submarino, que exigía el sacrificio propiciatorio de la princesa Andrómeda, que el héroe acabará liberando y convirtiendo en su esposa, sin olvidar a Belerofonte, que a lomos de Pegaso, el caballo alado, derrotó a la Quimera, otro de los muchos  nombres del monstruo que parece que sólo existe para justificar la existencia del héroe.

Basándose en estos mitos clásicos,  se inventó en la Edad Media, no más allá del siglo XII, la leyenda de Jorge, que acabará santificado y convertido en san Jorge,  y el dragón. Asigna así esta leyenda a la figura histórica o pseudohistórica más bien de san Jorge el papel del héroe luchador que se enfrenta al monstruo que encarna el mal y lo derrota. La existencia en la realidad del santo no está demostrada, pero eso no impide que la historia cumpla su función en nuestro subconsciente colectivo.

 
  San Jorge y el dragón, Paolo Uccello (1470)

Los primeros documentos que hablan de Jorge se remontan como mucho al siglo VI y no mencionan para nada el encuentro con el monstruo. El ámbito geográfico de su leyenda  coincide con el de Perseo y Andrómeda: Capadocia, Palestina o Libia. Se habla de un dragón enorme de aliento flamígero que ataca a hombres y ganados. Según la Leyenda Dorada sería Dios quien envía este monstruo a la ciudad porque era pagana y se perseguía allí a los cristianos. Había que ofrecer a este dragón dos ovejas al día, hasta que comenzó a escasear el ganado, por lo que a partir de entonces se ofrecía una sola oveja y un ser humano joven, hasta que la suerte designó a la hija del rey como chivo expiatorio, que, al igual que le sucedió a la princesa Andrómeda en la leyenda de Perseo, tuvo que ser ofrecida en sacrificio al monstruo.  

De hecho, el monstruo que va a devorar a Andrómeda, Ceto, es un demonio de la muerte que como Plutón/Hades exige una esposa. Andrómeda es encadenada a una roca y ataviada como una novia de la Muerte, que en griego es masculina: Thánatos. En un fragmento de la perdida tragedia Andrómeda de Eurípides, la heroína se lamentaba de que era asistida por plañideras y cánticos fúnebres en vez de por los cantos festivos y danzas del cortejo nupcial de su supuesta boda. Hay, además, vasijas griegas que representan a Andrómeda vestida como una novia.

              San Jorge y el dragón, Rafael Sanzio (1504-1506)

 Jorge era joven y atractivo, como fiel trasunto de Apolo, cuando luchó con el dragón, como vio enseguida la princesa. Dios había enviado a Jorge para que matara al dragón y para que la ciudad, liberada de su amenaza, pudiera convertirse al cristianismo, desterrando el paganismo. Jorge se convierte en un guerrero, armado de espada, lanza y escudo, montado a caballo: un caballero medieval, por lo que aquí se convierte en un trasunto de Belerofonte. En los cuentos y canciones populares mata al dragón de un lanzazo enseguida, pero en la leyenda cristiana, el santo domina al dragón haciendo el signo de la cruz, sin derramamiento de sangre, rogando a Dios que aplaque a la fiera y la vuelva sumisa. 

Más tarde, cortará la cabeza al monstruo, y el pueblo en agradecimiento construirá un santuario a san Jorge y establecerá una fiesta en su honor. Hay una diferencia notable, sin embargo, entre el héroe griego Perseo y su cristianización como Jorge: el santo no puede casarse con la princesa rescatada como hace el héroe griego, porque la santidad conlleva castidad y excluye el matrimonio. La ciudad, agradecida por la liberación, le da enormes riquezas a Jorge, que él, como buen cristiano, indica al rey que reparta entre los pobres. 

 San Jorge y el dragón, Wassily Kandinsky (1927)

Se convierte así san Jorge en el más conocido de los santos cristianos que luchan contra el dragón, incardinándose su leyenda en el mito del combate, que estudia magistralmente Joseph Fontenrose en su libro “Python”, donde hace un concienzudo repaso del enfrentamiento del héroe contra el enemigo, que generalmente es un monstruo que personifica el caos y el mal,  un combate que remonta a la lucha del propio Zeus contra Typhon (Tifón), que se repite en Apolo contra Python (Pitón), pasando por otros muchos héroes y dioses como Perseo contra Medusa y Ceto o el propio Heraclés contra la Hidra de Lerna, y tantos otros. Pero el libro no se queda en un estudio de mitología clásica griega, sino que haciendo un concienzudo trabajo comparativo aborda otras mitologías como la hitita, babilonia, egipcia, india, china, japonesa, indígena de América del Norte, hallando el arquetipo común a todos estos mitos y leyendas, cuyas coincidencias, a pesar de los diferentes ámbitos geográficos, culturales y temporales, revelan un mismo origen común. 

De todas formas, hay héroes que a fuerza de luchar contra los monstruos para liberarse y a la vez liberarnos a los demás de su maléfico influjo acaban pareciéndose a los propios endriagos contra los que combatían, como el perro que en curiosa simbiosis termina asemejándose a su dueño, y convirtiéndose en héroes monstruosos. Así pues, los legendarios caballeros andantes acaban convirtiéndose en los fabulosos dragones y basiliscos de los romances antiguos de los libros de caballerías contra los que lidiaban, como si se reencarnaran en los monstruos que ellos mismos crearon a fin de combatirlos.