jueves, 28 de enero de 2016

Tú, cuya mano

Tengo para mí que el bellísimo poema de Agustín García Calvo "Tú, cuya mano..." (incluido en su libro Canciones y Soliloquios, núm. 5, publicado por editorial Lucina, Madrid 1982) puede estar inspirado en un verso que Propercio le dedicó a Cintia (1.11.23):  tu mihi sola domus, tu, Cynthia, sola parentes: Tú sola eres mi hogar, tú, Cintia, mis padres. Que también puede entenderse como: Tú eres mi único hogar, tú, Cintia, mis padres. Y teniendo en cuenta la polisemia de "domus" en latín: podríamos entender que no sólo es su hogar, sino también su casa, su familia e incluso su patria. 

El verso de Propercio recuerda también a aquellos hexámetros de Homero (Ilíada, 6, 429-430), en los que Andrómaca le confiesa su amor a Héctor diciéndole que no se vaya a la guerra porque él es todo lo que le queda, lo más valioso para ella: "Héctor, y tú para mí eres padre y madre patrona, / y hermano también, y también mi florida prenda de bodas".  (Traducción de A. G. C.). O también, en la traducción de Emilio Crespo Güemes: "¡Oh Héctor! Tú eres para mí mi padre y mi augusta madre, / y también mi hermano, y tú eres mi lozano esposo". 

Y también nos recuerda, claro está, aquel pasaje del evangelio de Mateo sobre la vida de Jesús (Mateo, 12, 46-49), donde se valoran más los lazos de afinidad que los de parentesco o sangre, y que dice así en la traducción del griego de Nácar-Colunga: "Mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos".

 Agustín García Calvo
En "Tú, cuya mano..." el poeta  habría eliminado el nombre propio (Cynthia, que era un pseudónimo, como vienen a ser todos los nombres propios al fin y al cabo) y lo sustituye por el pronombre de segunda persona: un tú indefinido que puede ser cualquiera, cualquier otra persona o cosa con la condición de que no sea yo. Ese tú indefinido que se repite cinco veces -dos en el verso properciano- al comienzo de cada estrofa es para el autor lo más importante, lo que para otros es la patria, los padres, Dios, las leyes y el ejército, todas y cada una de esas personas y cosas juntas. Ese tú es para el poeta lo más valioso,  a pesar de lo que piensan y se creen todas esas instituciones: que no es nada.

El poema se convierte así en una espléndida canción de amor hacia lo que no tiene nombre "ni apellido", hacia lo desconocido, hacia lo que no se sabe, donde se suceden imágenes de belleza y fuerza evocadora como esas "nubes blancas", "praderas de la verde África", "rojos leones" de gran colorido, o esa preciosa evocación de un beso donde se confunden la lengua y la saliva "de puro sabrosa y templada", todo ello dentro de una perfecta estructura que va recogiendo y repitiendo al final de cada estrofa  la última palabra de las anteriores

He aquí la letra, a la que puso música el llorado Chicho Sánchez Ferlosio, que la cantaba con mucha gracia en el Teatro Español de Madrid en 1982.

      

Tú, cuya mano me ha bañado
de un fuego transparente las espaldas,
cuyos ojos en claros naufragios hundieron
algunos principios elementales de mi alma,
tú eres mi patria.

Tú, que no tienes apellido,
que no sé si eres pájaro o si alcándara,
que de todos tus brazos las letras de plomo
cayéndose han ido, como si fueran nueces vanas,
tú eres mis padres
y mi patria.

Tú, que ni tú te acuerdas dónde
tendiste a orear las nubes blancas,
que de tantos amores que tienes confundes
el nombre de todos los días de cada semana,
tú eres mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Tú, que tan dulcemente besas
que el cielo bocabajo se volcaba,
y que no se sabía de quién ya la lengua,
de quién la saliva, de puro sabrosa y templada,
tú eres mis leyes
y mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Tú, que apacientas calaveras
por las praderas de la verde África
y a los rojos leones les echas de pasto
las rosas de leche de luna de Nuruquimagua,
tú eres mi ejército
y mis leyes
y mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Eres mi ejército y mis leyes
y mi Dios y mis padres y mi patria,
y el ejército y Dios y las leyes y todas
las patrias y padres se creen que tú no eres nada:
que no eres nada.


miércoles, 20 de enero de 2016

"Que viva y le vaya bien"

El "uiuamus, mea Lesbia, atque amemus", el poema más eufórico de Catulo, y que constituye una invitación a vivir la vida y a hacer el amor, se convierte en este otro poema en estrofas sáficas, el carmen XI de la colección, en un adios definitivo, en el poema de la ruptura. 

Catulo encarga a sus amigos Furio y Aurelio, dispuestos como están a acompañarle a cualquier lugar del mundo como sus fieles sombras, que le digan adiós en nombre suyo a su amada Lesbia (pseudónimo en honor de la poetisa Safo de Lesbos con el que Catulo designaba a su amada Clodia): que viva ella (pero ya no "vivamos") y que le vaya bien con sus trescientos amantes a los que abraza a la vez sin querer de verdad a ninguno, porque el amor de Catulo, que creció como una flor silvestre e inesperada al borde de un camino, ha sido destrozado por el paso de un arado, que la ha tronchado y ajado. He aquí el original latino cantado con el acompañamiento de una lira. De ahí le viene el nombre al género literario de poesía lírica  precisamente.


He aquí el texto latino y una versión rítmica en castellano. La estrofa es la sáfica, compuesta de dos endecasílabos sáficos y un tercer verso formado por un endecasílabo sáfico y un adonio de cinco sílabas.

Poema XI de Catulo

Furi et Aureli comites Catulli,                                                  
siue in extremos penetrabit Indos,
litus ut longe resonante Eoa
tunditur unda,

siue in Hyrcanos Arabesue molles,
seu Sagas sagittiferosue Parthos,
siue quae septemgeminus colorat
aequora Nilus,

siue trans altas gradietur Alpes,
Caesaris uisens monimenta magni,
Gallicum Rhenum horribilesque ulti-
 mosque Britannos,

omnia haec, quaecumque feret uoluntas
caelitum, temptare simul parati,
pauca nuntiate meae puellae
non bona dicta.

cum suis uiuat ualeatque moechis,
quos simul complexa tenet trecentos,
nullum amans uere, sed identidem omnium
ilia rumpens;                                       
                                                                                                   Lesbia, John Reinhard Weguelin (1878)
nec meum respectet, ut ante, amorem,
qui illius culpa cecidit uelut prati
ultimi flos, praetereunte postquam
tactus aratro est.


Furio, Aurelio, cómplices de  Catulo,
tanto si él se adentra en la India extrema
donde el Índico que a lo lejos brama
bate la costa,

como en el mar Caspio o la fina Arabia,
o en los sagas o flechadores persas,
o en el delta que colorea el Nilo
septuplicado,

o a través si va de los altos Alpes
para ver las huellas del  magno César,
el Rin gálico y los horribles y ale-
jados britanos,

todo cuanto la voluntad del cielo
mande, prestos a soportarlo juntos,
estas anunciadle a mi amada nada
buenas palabras:

con sus novios viva y que bien le vaya,
los trescientos que ella a la vez abraza
sin querer a nadie, pero y a todos
desriñonando;

y no cuente ya con mi amor, como antes, 
que por culpa suya se ajó  cual flor al
borde de una campa rozada al paso
por el arado.
 

sábado, 16 de enero de 2016

¿Cosmopolitas?




Publicaba el escritor Rafael Argullol un artículo de opinión titulado “Provincianos y cosmopolitas” en el periódico El País el día 1 de enero de 2016, donde denunciaba lo muy provincianos que nos estamos volviendo y lo poco cosmopolitas que somos,  del que entresaco en cursiva los dos párrafos finales en los que arremete contra la hegemonía reduccionista de la lengua del Imperio, o sea el inglés, que es la lengua de Shakespeare, como decimos los cursis, que a todos se nos impone: 

Una de las grandes metáforas de este proceso en nuestra época es la rápida, universal y consentida mutilación de centenares de idiomas en favor de un idioma avasalladoramente hegemónico. Con toda probabilidad, hace solo tres décadas, nadie se hubiese aventurado a insinuar que para participar en un congreso en Lisboa sobre Camões —poeta nacional portugués— había que intervenir en inglés, o que en cualquiera de nuestras universidades se puede asistir al espectáculo de que un profesor explique a Baudelaire o a Goethe en medio inglés a un público estudiantil que entiende el inglés a medias. Y aún menos, desde luego, se hubiese podido imaginar que se llegaría a la situación de que un entero país —Corea del Sur— pretenda alcanzar a poseer el inglés, como nueva lengua propia, mediante el ingenioso método de llevar a las embarazadas a clases en aquel idioma, de modo que el feto pueda ya adaptarse a lo que prima en el cada vez más reducido universo lingüístico. Obviamente no tengo nada contra lo que los cursis llaman “lengua de Shakespeare” sino contra el reduccionismo que, al maltratar a todos los demás idiomas, también empobrece a la propia lengua inglesa: recientemente, un catedrático de Oxford me contaba que, mientras la mayoría de sus colegas apenas conocen otros idiomas que no sean el suyo, los escritores británicos contemporáneos utilizan una lengua drásticamente empobrecida.

Este sería un buen retrato del provinciano global: aquel que aspira a hablar un solo idioma, lo más utilitario posible, sin importarle la destrucción de los mundos que habitan en los otros idiomas; aquel que se mueve continuamente de aquí para allá, obseso coleccionista de imágenes, al tiempo que es incapaz de fijar la mirada, y no digamos el pensamiento, en paisaje alguno; aquel que está permanentemente informado con aludes de noticias y mensajes que sepultan su capacidad de comprensión. Es posible que un individuo de tal naturaleza se considere a sí mismo un cosmopolita. Pero vive en una pequeña aldea que ha confundido con el mundo.
A propósito de la palabra “cosmopolita” cabe decir aquí que es un helenismo que significa “ciudadano –polita, habitante de una polis- del mundo o cosmos, que es también el universo, y que lo acuñó Diógenes el filósofo fundador de la Secta del Perro –eso y no otra cosa es lo que significa “cínico” en principio, quizá mejor "quínico", como propone Pedro García Olivo-. Cuando le preguntaron que de dónde era, respondió: “cosmopolita”: soy ciudadano del mundo, en lugar de decir ciudadano de Sinope, que es donde había nacido y de donde había sido desterrado, según la leyenda. Por cierto, cuando alguien le reprochó que los de Sinope le habían condenado al destierro, contestó: “Y yo a ellos a quedarse”.

Esta palabra ha perdido casi toda la fuerza subversiva con la que nació, y que debería conservar: uno no es de donde nace, sino de donde pace, como dice el refrán castizo. Y eso quiere decir que uno no pertenece a ninguna nación en concreto, porque la única nación humana es el humus, o sea, la Tierra,  lo que derriba por tierra todos los nacionalismos existentes y emergentes. 
Dice Argullol en su artículo que precisamente el cosmopolita es hoy en día un personaje en extinción, ante el resurgimiento cada vez más pujante de los provincianismos.    Entresaco esta frase de otro párrafo: “El cosmopolita, al no soportar la excesiva claustrofobia de la identidad propia, busca en el espacio absorto de lo ajeno aquello que pueda enriquecer su origen y sus raíces.”

Lo paradójico del asunto es que parece que defender la diversidad lingüística es muy provinciano y muy poco cosmopolita, pero no es así, sino todo lo contrario: no se pueden equiparar nación y lengua, aunque los nacionalistas se apoyen en la existencia de una lengua propia para justificar su nación.  Las lenguas no son propiedad de nadie: hay naciones que tienen más de una lengua, y hay lenguas que no tienen ninguna nacionalidad.

(Las ilustraciones -sin créditos- están tomadas de un artículo sobre el anacionalismo del periódico Diagonal)



martes, 5 de enero de 2016

Todo cambia. ¿Cambia todo?

          La importancia de una lengua no radica en el criterio cuantitativo del número de hablantes que la usen, sino en lo que estos acierten o hayan acertado a decir de razonable a través de ella, es decir, en el hecho de que sus usuarios hayan dejado que la razón, que es común y universal y está por debajo o,  según cómo se mire,  por encima de todas las lenguas, hable por su boca.



         Según lo dicho, sería más interesante el estudio del griego clásico, por ejemplo, tan relegado en la última reforma educativa y condenado a su práctica desaparición en el bachillerato español, que el del inglés contemporáneo, cuya importancia radica principalmente en su utilidad pragmática “comunicativa” inmediata. Hoy la lengua anglosajona es la lengua del Imperio,  la lengua franca del mundo entero, como el latín lo fue en otros tiempos para Occidente y la cristiandad. 

          Se necesita saber inglés para entenderse, para poder encontrar un trabajo, para poder “comunicarse” con los demás, como si la “comunicación”  en sí misma, sin más,  fuera un valor esencial, que lo es, en una sociedad como la nuestra, donde los denominados "mass media" sirven, paradójicamente, para aislarnos e incomunicarnos masivamente.

          Por otra parte, que se imparta inglés, como se hace en nuestro sistema educativo, donde apenas se estudia ya francés y donde hay muy poco alemán o italiano,  no significa que se aprenda esta lengua mayoritariamente estudiada. De eso, de que no se aprenda, ya se encarga, el propio sistema de enseñanza y aprendizaje con sus exámenes y evaluaciones que les hacen la vida imposible a los estudiantes desde sus más tiernos años. No llegarás muy lejos, chaval, si no sabes inglés…

            El problema es que podemos saber mucho inglés y no tener nada que comunicar, es decir, nada razonable que decir y poner en común, aparte de nuestro nombre, edad, nacionalidad y gustos personales e ideas propias… Es lo que sucede ordinariamente. Pero esto no depende tanto de las lenguas, porque existe el fenómeno de la traducción o trasvase de unas a otras,  como de sus usuarios y de lo adocenados que estén por los sedicentes medios de adoctrinamiento.
  


           El estudio del griego clásico nos permitiría adquirir otra cosmovisión, lo mismo que el estudio de cualquier otra lengua viva como el inglés o muerta, pero además nos daría acceso en versión original a unos textos que configuran lo más importante de nuestra cultura, porque en esta lengua comenzó a expresarse por primera vez la razón mostrando sus contradicciones: sobre todo entre los presocráticos -Heraclito de Éfeso, Parménides y su fiel escudero Zenón de Elea… -y el propio Sócrates, que no dejó nada escrito, por cierto.



         Para que no se me llame defensor a ultranza de lenguas muertas –aunque algunas estén más vivas que muchas de las actuales- y frente a la hegemonía del inglés voy a proponer otra lengua moderna mucho más minoritaria, una lengua romance, es decir románica o derivada del latín de Roma, pero no tan hablada ni escrita en el mundo actual como el castellano, el francés o el portugués, con las que guarda un enorme parentesco genético sin embargo de consanguinidad: el italiano. 


         En esta lengua ha llegado a decirse alguna cosas valiosa que comprobamos enseguida que es de razón común, es decir, razonable, y que, por lo tanto debería ser de dominio público, como este apotegma precioso que traigo aquí como ejemplo: «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi».



         Este  aforismo, que puede decirse en cualquier lengua, ha alcanzado una formulación precisa y exacta en italiano, tanto en la novela “El Gatopardo” de Giuseppe Tomasi di Lampedusa como en la espléndida versión cinematográfica que Luchino Visconti hizo de ella. Quiere decir: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. 



         De esta cita corre en castellano una versión alterada: La modificación, bastante significativa, introducida por algunos traductores, no sé si intencionadamente o no, ha consistido en cambiar el segundo "todo" y sustituirlo por "algo", un supuesto "qualcosa" que no se dice en italiano. Es frecuente, en este caso, que también hayan invertido el orden de las dos oraciones pasando la apódosis del período hipotético al lugar de la prótasis, lo que no tiene tanta importancia como lo primero. En resumen, la cita así adulterada ha quedado más o menos como: «Es necesario que algo cambie, si queremos que todo siga como está». 


         Pero no es lo mismo. La  adulteración del “dictum” lampedusiano destruye la fuerza de la paradoja, y nos muestra no una contradicción de la realidad, sino una banalidad que no produce ningún sobresalto ni hace que se tambaleen nuestras firmes y sagradas creencias. Sin necesidad de prestarle atención, nos informa de lo que ya sabíamos, de lo que no hacía falta decir porque ya estaba dicho de alguna manera y era consabido de antemano.


         Para entender el contexto en que surge la frase, debemos echar mano de la historiografía y comentar algo de la situación política que la novela y la  película de Visconti reflejan: En la Italia de 1860, anunciar que se avecinaba la sustitución de (toda) una clase social por otra, aceptar el envite integrándose en la clase emergente, para seguir disfrutando de privilegios análogos a los que se tenían, era exactamente cambiarlo todo para conservarlo todo, cambiarlo todo para que todo siguiera igual. Sin embargo, lo bueno de la paradoja es que, surgida en un determinado momento histórico como el  mencionado, es válida para cualquier otra coyuntura. 


         La alteración de la cita es, como ahora se dice, políticamente correcta. Lo que ordinariamente nos toca presenciar en la política contemporánea del día a día es precisamente la del algo por el todo, la versión alterada del  apotegma italiano. 


         Y esto es lo que la razón que a todos nos es común nos dice a la gente de abajo cuando se produce, por ejemplo, un cambio de gobierno en las alturas, o cuando como ha sucedido recientemente se elige un nuevo papa: es necesario que todo cambie para poder seguir igual… 


         No olvidemos lo que contesta don Fabricio, el sobrino del Príncipe de Salina, a éste  «e dopo sarà diverso, ma peggiore»: “y después será distinto, pero peor”. Y ¿por qué esto resulta después de todo peor que antes? 

 

       La respuesta a esta pregunta no es muy complicada: cuando han cambiado aparentemente las cosas, es difícil denunciar que por lo bajo y de verdad siguen siendo como eran, es difícil denunciar la opinión mayoritaria y comúnmente aceptada e impuesta de que se ha producido un cambio.



         Un ejemplo que a los españoles de cierta edad no nos resulta indiferente es la tan cacareada transición política que tanto alaban los medios de formación de masas como modelo cívico de paso de un régimen dictatorial a otro democrático sin demasiados sobresaltos, es decir a uno más evolucionado pero no menos pernicioso para el pueblo, habida cuenta de lo beneficioso que era para el capital, que ya no tolera dictaduras del siglo XX, la sustitución de una dictadura trasnochada por una democracia más moderna y tolerable. 



            Por eso es peor, como decía don Fabricio, lo que ha venido después, porque sólo es aparentemente distinto. Sólo han cambiado las formas. Y si no nos damos cuenta de que todo sigue igual es porque cometemos el inveterado vicio de juzgar sólo por las apariencias. Y esto, lo que hay ahora es peor en el fondo que lo que había porque no se ve como lo que es, una continuación o reencarnación de lo que había antes, que ha sufrido una metamorfosis para poder seguir siendo lo mismo: estos perros de ahora, no dejan de ser, como se dice en castellano,  los mismos de antes con collares diferentes.

viernes, 1 de enero de 2016

¿Qué pasa aquí?

Pues nada, no pasa nada: que el año viejo, el mismo año de siempre, nos sugiere Arcás, se cambia, o lo que es lo mismo, se disfraza y retoca detrás del biombo para parecer un año "nuevo", como si no fuera el mismo perro viejo con distinto collar, un collar donde pone 2016, como podía haber puesto 713 ó 4583 o cualquier otra cifra aleatoria. Lo que pasa es que todo cambia para poder seguir igual (Giuseppe Tomasi di Lampedusa dixit).

Si comparamos el griego de los personajes de Arcás con el griego que hablarían Sócrates y Platón, es decir, con el griego clásico, notamos enseguida que es la misma lengua. Quizá la diferencia más notable, aparte de algunos cambios en la pronunciación, es que para decir año el griego clásico preferiría la palabra "étos", que se sigue utilizando en griego moderno, donde se habla por ejemplo del "sjolicó étos" o año escolar, pero en griego moderno se prefiere para felicitarse el año supuestamente nuevo la palabra de rancio abolengo "jrónos" (que conservamos en cronómetro y cronología sin ir muy lejos, y que tenía un significado más amplio de "tiempo" en general, lo que ayuda también un poco más a la hora de entender mejor el chiste).