domingo, 1 de mayo de 2016

En el día del trabajo

En las calendas de mayo los sindicatos prosistémicos  y subvencionados por el binomio Estado/Capital del Régimen se apresuran a celebrar, meras gestorías laborales que son, la fiesta que llaman del trabajo, como si esto del trabajo fuera algo bueno,  saliendo a las calles a reclamar incremento salarial, menos paro y mejores condiciones laborales, pero nunca el fin de la explotación laboral misma y del trabajo asalariado, nuestra moderna esclavitud. 

La palabra “trabajo” procede, como se sabe, del latín “tripalium”, nombre de un instrumento de tortura,  consistente en tres palos o estacas cruzadas, a las que se sujetaba la víctima del suplicio: de ahí proceden también “travail”, en francés, “trabalho” en portugués y “treball” en catalán, pero también en inglés, vía normanda, “travel”, tal vez por la fatiga que conllevan los viajes organizados y el descubrimiento de que ya no existe el viaje propiamente dicho, sino el turismo de masas, y que el viajero de verdad, a diferencia del moderno turista, es el que no sabe a dónde va.
 
Trabajar, en la lengua de Cervantes, significa en primer lugar “sufrir, padecer,   esforzarse por conseguir algo”,  de donde más tarde derivaría su significado actual de “laborar, obrar, hacer algo a cambio de un salario, actividad remunerada”. 


Pintada etimológicamente didáctica, que ha sido borrada,  en el muro de un colegio.

Ese primer significado, lo hallamos en plural en el título del Persiles cervantino: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, o también cuando hablamos de los doce trabajos de Hércules, aunque el Diccionario de la Academia lo ha relegado a su novena acepción:  «Penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz». 

Había en latín también otra palabra “labor”, que es la que ha conservado el italiano “lavoro”,  de donde salió el “laburo” argentino, y el cultismo castellano, la labor. De ahí procede el verbo “laborare” y de él nuestro cultismo “laborar” (como en aquella divisa de ora et labora -reza y trabaja-, de san Benito y sus monjes benedictinos) y la palabra patrimonial “labrar”, que se especializó en el trabajo agrícola de la labranza.



Sucede que el trabajo en su origen era ‘sufrimiento’. Y es que desde que abrimos la Biblia por el Génesis sabemos que, lejos de ser una bendición, como pontificó un papa, el trabajo era un castigo divino, una maldición bíblica. Dios, con la expulsión del paraíso, condena a nuestros primeros padres, a Eva a parir con dolor y a Adán a ganar el pan -la vida, que no es un don gratuito- con el sudor de su frente. 

Resulta también significativa por lo sarcástica que es a este respecto la inscripción que figuraba a la entrada de los campos de exterminio nazis Arbeit macht frei: el trabajo libera. Pero ¿qué o quién nos libera del trabajo?

Los optimistas llegaron a pensar que llegaría un día en que el trabajo quedaría relegado a la máquina,  y el hombre podría liberarse de la maldición veterotestamentaria de su condena.

¡Qué equivocado, en efecto,  estaba el optimista de  Antípatro de Salónica, poeta griego contemporáneo de Cicerón, cuando saludó la invención del molino hidráulico de viento que trituraba el grano, como liberación del trabajo de las esclavas y restaurador de la mítica edad de oro paradisíaca donde resplandecería la libertad!

Les decía, en efecto, Antípatro a las molineras que dejaran de moler y que durmieran plácidamente cuando el gallo anunciara el nuevo día, cuando sonara el despertador, diríamos hoy en día, o el toque cuartelero de diana. Y es que al hacer las ninfas, es decir, las linfas, o sea las aguas, el trabajo que antes realizaban las jóvenes ahora podrían las molineras vivir libres de la esclavitud del trabajo y gozar gratuitamente de los frutos que la diosa madre Tierra les concedía, es decir, el pan de trigo.

Sin duda, no entendió Antípatro que la máquina, es decir la tecnología, en lugar de liberar al hombre del trabajo, vino a alargar su jornada laboral y a crearle una nueva dependencia: la cadena tecnológica. Y es que la tecnología no es neutral como pretenden algunos: no sólo no ha liberado la vida humana, sino que la ha complicado más todavía, por lo que aún estamos esperando que alguien o algo, no sabemos quién o qué, venga a liberarnos de la servidumbre de la tecnología y del trabajo, y sobre todo de las nuevas tecnologías y sus viejas servidumbres.


¡Y cuánta razón tenían los ludditas, que destruían las máquinas, siguiendo el ejemplo del joven Ned Ludd,  que rompió el telar del taller de confección a martillazos! 

No estaría mal que un día como hoy se hiciera un profundo silencio, un silencio de verdad en el que dejaran de oírse las vuvuzelas sindicales en los mítines y procesiones al efecto y los cacareados gritos de "¡viva la clase obrera!" que nos ensordecen. Si un grito debiera oírse hoy, primero de mayo, en conmemoración de los mártires anarquistas de Chicago de 1886, sería este otro: "¡Muera el trabajo asalariado! ¡Abajo el trabajo!", y esta oportuna canción de Chicho Sánchez Ferlosio, por ejemplo, que viene más a cuento que nunca: "Hoy no me levanto yo".



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