lunes, 27 de febrero de 2017

La leyenda del rey Midas

La leyenda popular del rey Midas contaba que un día el monarca se encontró casualmente con Sileno, un sátiro perdido en el bosque y adormilado tras una monumental borrachera.  Sileno era muy feo, de nariz achatada y mirada de toro, entrado en bastantes años, tenía una prominente barriga y se le solía representar a lomos de un asno sobre el que se sostenía a duras penas por su estado de constante embriaguez.

El rey Midas lo recibió hospitalariamente y, después de arrancarle el secreto de la sabiduría que poseía, quizá un socrático "sólo sé que no sé nada",  lo devolvió al cortejo báquico de Dioniso, el dios del vino, al que pertenecía y del que se había extraviado. El dios, como recompensa, le pidió que le formulara un deseo, y el monarca pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro. El dios accedió, y el rey volvió contento a palacio, poniendo a prueba el don recibido. Todo lo que palpaba, efectivamente, se convertía en oro: las piedras del camino, los frutos de los árboles...

Todo marchaba bien hasta la hora de la comida. Cuando Midas quiso llevarse a la boca un mendrugo de pan, encontró sólo un pedrusco de oro al que no pudo hincarle el diente, y, de modo análogo, el vino se convertía en finísimo polvo de oro que no podía apagar su sed.

Hambriento y sediento, privado diríamos de los dos elementos fundamentales de la cultura mediterránea, que son el pan y el vino (y que en la eucaristía cristiana son ni más ni menos que el cuerpo y la sangre de Cristo respectivamente), asociado el  primero a la diosa Ceres (o Deméter, según el nombre griego de la madre del pan) y el  segundo al propio Dioniso o Baco, el rey Midas le pide al dios que le haga el favor de retirarle el pernicioso don que le había concedido, como si hubiera comprendido que hay dos tragedias en la vida humana, como dirá Oscar Wilde muchos años después: una que no consigamos lo que queremos, y otra, no menos trágica que la primera, que lo logremos.

En la reelaboración que hace Nathaniel Hawthorne de la leyenda del rey Midas, que tituló The golden touch (El toque de oro), incluida en su A Wonder-Book for Girls and Boys (publicado en 1851), la hija del rey, llamada Marygold, se convierte en una estatua de oro cuando su padre corre a abrazarla y a decirle a la princesa, alborozado, lo inmensamente rico y lo feliz que es porque todo lo que toca se convierte en oro puro,  como representa esta ilustración de Walter Crane (1893). La alquimia de convertirlo todo en oro, según sugiere Hawthorne, no sólo mata a las cosas, sino que también priva de vida a las personas que queremos.
 
Viene este cuento en su versión clásica y en la moderna de Hawthorne a ser una preciosa reflexión sobre el tiempo y el dinero, que eso es lo que simboliza el oro. Y esta reflexión viene muy a cuento en estos tiempos de crisis económica y a la vez política, en los que el tiempo es oro (time is money, pero al revés también, money is time).  Si todo lo que tocamos se convierte en dinero (cosas y personas),  lo rentabilizamos, efectivamente, como hacía el Rey Midas y como haría cualquier ejecutivo, hombre de negocios o banquero de hoy día,  pero en ese mismo proceso estamos dando muerte a las cosas y a las personas que cosificamos y trocamos por dinero, convirtiéndolas en lo que no son,  moneda de cambio.

La gente dice a veces que el dinero no da la felicidad, pero que ayuda a conseguirla comprándola. Es mentira, porque uno posee lo que se vende y se compra, pero no lo disfruta, ya que la condición para disfrutar de una cosa es no poseerla: O la tienes o la gozas,  pero no puedes tenerla y gozarla a la vez. Es imposible.

Según la interpretación freudiana, además,  el oro simboliza la mierda. En las primeras etapas de la vida de los niños, la caca es una sustancia muy apreciada como fruto que es de la satisfacción de la pulsión coprófila: es el primer regalo que hacen los niños a sus padres y que para ellos es un tesoro. La represión de la pulsión coprófila hará que se demonicen las heces. La educación hará que se desprecie la mierda: "Es caca". Se le dice al niño. No lo toques. Pero esa coprofilia infantil, ese interés que tenía el niño por sus propios excrementos, se sublimará y transferirá a otro material, al oro, que la vida le enseñará que es lo que vale y lo que cuenta, lo que hay que conseguir porque es lo que realmente importa, proque es su futuro: "Tanto (oro) tienes, tanto vales".  Este descubrimiento se revela a veces en el mundo onírico de los sueños, donde aflora lo prohibido, como estudiaron el propio Sigmund Freud y Oppenheim en el folklore europeo (Sueños en el folklore, 1911). Freud afirma que en la antigua Babilonia el oro era la caca del infierno, identificando el excremento con el vil metal, que es paradójicamente el metal más noble, de donde nos vienen expresiones como "aurea aetas", que es la Edad de Oro en el mito hesiódico y ovidiano de las edades, en la que no existía el dinero, porque precisamente su existencia caracteriza nuestra edad, que no es la Edad de Oro, sino la Edad de Hierro.

Lo que nos enseña la vieja leyenda dorada del rey Midas es que el dinero no solamente no nos da ninguna felicidad, sino que nos quita la poca que podíamos tener,  y las preocupaciones que da nos quitan las ganas de disfrutar de los gozos de la vida. A fin de cuentas, el dinero no sólo no acaba dándonos la dicha sino que, encima, nos arrebata además la poca que teníamos,  conjurando la desdicha. El precio que les ponemos a las cosas hacen que estas pierdan su sabor, que el pan deje de saber  y que el vino pierda su alegría.   



"Me hice de oro pero a veces añoro mi anterior estado humano". Dice el texto de la viñeta de El Roto publicada en El País, una versión moderna de la leyenda del rey Midas.

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