miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Qué me pongo para la graduación, mamá?



¿Debo ponerme un vestido, llevar traje como Dios manda y corbata o quizá pajarita, maquillarme, ir a la peluquería, afeitarme tal vez? ¿Puedo ir de sport? Ya se encargan los demás de responder a estos interrogantes adolescentes, a veces con respuestas que son otras preguntas como: ¿Cómo vas a ir así, sin depilarte las axilas, hija mía, si es una ocasión especial, si sólo te gradúas una vez en tu vida, si es como la celebración de tu mayoría de edad y la entrada en la sociedad y puesta de largo que había antes?
Yo, que siempre desaconsejo a mis alumnos, con muy poco éxito, la verdad sea dicha, que  se gradúen, y ellos  por lo general no me hacen caso y se gradúan la mayoría, este año me he visto obligado a asistir a una de estas ceremonias en calidad de tutor de un grupo de segundo de bachillerato y a entregar los diplomas correspondientes. Aprovechando la ocasión, me pongo ahora a desentrañar etimológica- y gradualmente la palabra graduación.
 ¿Qué es graduarse? La palabra viene de grado, que en origen significa paso, marcha, y tiene un femenino que es grada, propiamente peldaño, de donde derivan gradería y graderío también. En las gradas vemos que suceden muchas cosas: hay guerras cuando hay partido, hay ovaciones y abucheos, a veces sangrientas peleas, otras simplemente violencia o pequeñas trifulcas, porque las gradas no sólo son los asientos corridos en el estadio o anfiteatro, sino también por metonimia el público que sienta sus posaderas en ellos. Pero hay grados y grados, e incluso posgrados: lo mismo que graduados y posgraduados. Y ceremonias de graduación.

 Teatro romano de Mérida visto desde las gradas
En composición el sufijo -grado quiere decir que anda: plantígrado, con la planta del pie como el oso, o digitígrado o saltígrado o retrógrado, que camina hacia atrás. Pero hay grados y grados: grados de temperatura, grados Celsius o centígrados y Fahrenheit, grados del adjetivo: positivo, comparativo y superlativo, y este último absoluto o relativo a su vez, como nos enseñaba la gramática.
Y entre los grados, no olvidemos  los de alcohol o los de una quemadura. Y volvemos al mundo de la enseñanza, grado es el título académico que se alcanza al superar cada uno de los niveles educativos o, más propiamente, de estudio. Y volvemos a la graduación: aparte de la categoría militar jerárquica o de la proporción alcohólica de las bebidas espiritosas, es la acción de graduar(se) o recibir un título acreditativo de un nivel obtenido, frente a la gradación, o serie ordenada en grados sucesivos ascendentes o descendentes.
La palabra latina que está detrás de los grados y las gradas es GRADVS, de la cuarta declinación. Originariamente era masculina, y evolucionó en castellano a grado, pero se creó sobre ella una pareja femenina grada, como ha quedado dicho. De grado deriva, en contexto militar, degradar, quitar el grado.
El verbo latino GRADI, andar, del que conservamos en castellano el participio de presente gradiente, sufre ya en latín al entrar en composición una apofonía o alteración de timbre vocálico, que convierte la A breve de su radical en E, que conservamos en castellano, por lo que nos encontramos con AGREDI (agredir), CONGREDI, DIGREDI, EGREDI, INGREDI (ingrediente), PROGREDI, REGREDI, TRANSGREDI (transgredir y trasgredir), todos ellos esdrújulos en latín.
Estos verbos hacen el participio de perfecto en -SVS -SA -SVM (cuando la mayoría lo hacen en -TVS -TA -TVM) porque su raíz acabada en consonante dental sonora se encuentra con otra dental, en este caso sorda, la del sufijo del participio, lo que hace que el grupo -DT- evolucione a -TT- por asimilación regresiva de sonoridad. La primera oclusiva cierra sílaba y la segunda abre la siguiente, estableciéndose entre ambas un límite silábico -T/T-, que es muy difícil de mantener sin que surja entre dientes el escape incontrolado de un soplo, que provocará en esta región articulatoria, según Pierre Monteil, la aparición de una -S- parásita intermedia. El grupo -TST- hará que la silbante intrusa contagie su aspiración por asimilación bilateral regresiva y progresiva a las dos oclusivas que la encierran, lo que desembocará en -SS-. Por lo tanto, nos encontramos con los participios llanos AGRESSVS, CONGRESSVS, DIGRESSVS, EGRESSVS, INGRESSVS, PROGRESSVS, REGRESSVS y TRANSGRESSVS.

La raíz original GRAD- que está detrás tanto del sustantivo GRAD-VS como del verbo GRAD-I remonta por su parte en la prehistoria de la lengua a una raíz indoeuropea: *ghredh-, la número 691 en el diccionario de Pokorny, que significaría andar, marchar, como revela el parentesco con otras lenguas de la misma familia. El latín GRADI estaría emparentado con la rama balto-eslava de desgajamiento del protoindouropeo, dando lugar por el lado báltico al lituano gridiju “marchar”, y por el eslavo al eslavo antiguo grędǫ y al ruso grjadú, y por otro lado, con la rama céltica por el antiguo irlandés in-grenn. La raíz latina tendría el grado, precisamente, cero *ghredh.
La raíz GRAD-, pues, la conservamos en grada, graderío, gradiente, grado, graduar, gradual, graduación, gradación, degradar (pero no en agradar, porque el agrado viene de lo que nos es GRATVM, o sea, grato, donde la oclusiva dental se ha sonorizado entre vocales, dando lugar a la confusión); modificada como GRED- la conservamos en agredir, tra(n)sgredir, ingrediente, y como GRES- en agresión, agresivo, agresor; congreso y congresista; digresión; el americanismo egresar; ingresar, ingreso; progresar, progresión y progreso; regresar, regresión y regreso; tra(n)sgresión y tra(n)sgresor.
Desde hace algunos años se han puesto de moda las ceremonias de graduación que clausuran al final del curso escolar el término de un ciclo académico, en las que se entrega un diploma o título a los alumnos que se han hecho merecedores de él, y que ese día suelen ir vestidos de gala para la ocasión. Esto nos viene, como casi todo lo malo de los Estados Unidos de América, del mismísimo corazón del Imperio donde el acto concluye con el baile de graduación (graduation dance), que constituye un rito de paso  difundido hasta la saciedad en numerosas películas americanas. Inolvidable la iconoclasta Carrie, por cierto, cuya protagonista destruye el gimnasio donde se celebra el acto con sus poderes mentales para vengarse de la institución y de sus propios compañeros y profesores, desatando toda la ira y dando rienda suelta al odio que lleva dentro acumulados.
Esta ceremonia made in USA  se imita en el resto del mundo, como sucede con tantos otros norteamericanismos, por ejemplo con el Jálogüin, o con el dichoso Santa Claus/Papá Noel,  que casi desbanca, si nos descuidamos y no hacemos algo para remediarlo, a los entrañables Reyes Magos: es el triunfo del american way of life, hasta el punto de que en nuestra sufrida piel de toro toreado y sacrificado en el ruedo ibérico no sólo se celebran estos actos al concluir un grado, como llaman ahora a las antiguas diplomaturas y licenciaturas, que antes duraban tres y cinco años respectivamente, y ahora cuatro en el mejor de los casos ambas, sino también al acabar el bachillerato, los ciclos formativos y hasta la ESO y si nos descuidamos la EPO, que sería la Educación Primaria Obligatoria. 


Y yo me pregunto: ¿Por qué ese afán de clausurar un curso escolar? La respuesta es evidente: para poder empezar otro. Hasta tal punto se nos ha metido en la cabeza aquello de que NON PROGREDI EST REGREDI, o sea que no progresar es regresar, que no caminar hacia delante es hacerlo hacia atrás que sólo nos planteamos seguir adelante a cualquier precio sin quedarnos nunca quietos un momento y pararnos a reflexionar y cuestionar a dónde vamos y la nefasta idea del progreso y del futuro que lleva implícito. 
Hay una frase muy bella de Borges, el ilustre retrógrado, que no puedo dejar de citar en este punto entresacada del Libro de los Seres Imaginarios o Manual de Zoología Fantástica: "No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo." ¿No sería mejor dejar indefinidamente abierto el curso, este mismo por ejemplo, sin conclusión, como de hecho es el recorrido de nuestra vida en la que tenemos tantas cosas que aprender y, sobre todo, tantas tan mal aprendidas que desaprender, y no graduarnos nunca?

domingo, 28 de mayo de 2017

Humanidades ¿una opción que cierra puertas?

"Elegir Humanidades (Latín y Griego) cierra muchas puertas". Así, literalmente,  he oído decir  más de una vez a más de un profesional de la enseñanza y responsable incluso de la llamada orientación educativa. Así lo he oído decir, y se ha dicho sin ningún sonrojo ni rebozo públicamente en más de una evaluación final a la hora de dar el consejo orientador, que no prescriptivo, a los alumnos que se graduaban en Educación Secundaria Obligatoria.

Aseguraban estos consejos (des)orientadores que era mejor que tanto los alumnos indecisos como los que no lo estaban eligieran  el Bachillerato de Ciencias porque el "otro" era algo así como un camino sin retorno que les cerraba muchas puertas, una especie de callejón sin salida. Si elegían Ciencias, podían pasarse luego a una carrera de Letras sin ningún problema, argumentaban (si a esto puede llamarse "argumentación"),  mientras que si elegían Letras  no podrían pasarse a una de Ciencias (?).



Hay que tener en cuenta que cualquier elección que hagamos en la vida cierra, en sentido estricto, al menos una puerta, porque optar por una posibilidad supone excluir por lo pronto otra, si no son varias más las que se descartan. Pero debemos verlo por el lado positivo  del asunto, que también lo tiene y es más importante: hay que elegir, y cualquier elección que hagamos nos abre también otras posibilidades, otras puertas que  hasta ahora han estado cerradas para nosotros. Lo que no está tan claro, por lo menos para mí, es si somos nosotros los que elegimos las cosas o si, más bien, son ellas, las cosas, las que nos eligen a nosotros, las personas,  seduciéndonos y atrayéndonos hacia su órbita como piedras magnéticas. 

Se supone que las puertas que cierra el Bachillerato de Humanidades  -y no me gusta que se llame así, porque me suena, lo siento,  a "vanidad de vanidades", bíblicamente, o a "manualidades", será por lo fácil de la rima consonántica, prefiero el nombre tradicional de Letras-  son las de las salidas al mercado laboral. Pero eso es mucho suponer, porque eso significaría que las puertas del mercado del trabajo están abiertas de par en par a los numerosos ingenieros y no menos prolíficos economistas, científicos y tecnólogos que pululan por el vasto universo con un título debajo del brazo, lo que es, como digo, mucho suponer, habida cuenta del creciente índice de paro que afecta a todos los sectores y la proliferación del llamado trabajo precario, si es que no son precarios ya todos los trabajos y la propia idea de "trabajo" en sí.

Se supone que las puertas que nos cierra la elección de Humanidades son las de la Ciencia y las de la Tecnología, que adelantan que es una barbaridad, como dicen los nuevos crédulos o creyentes. Concedamos esto último, aunque habría mucho que discutir sobre el particular y sobre las llamadas ciencias humanas o sociales frente a las otras, las "naturales". Pero, en cualquier caso, insisto, hemos de pensar en las puertas que nos abre esta elección, que son las de la cultura y el humanismo, las de las letras,  tan importantes o  no menos importantes que las otras. A fin de cuentas, como dijo Terencio, homo sum. (soy un ser humano, una persona, hombre o mujer, da igual), humani nihil  (nada de lo que sea humano)  a me alienum puto (considero que me sea ajeno).



Lo que debería importarnos es, en primer lugar, que hayamos elegido según nuestro gusto y criterio,  y según nuestros intereses. Si yo voy a estudiar, pongo por caso, Filología Inglesa o Traducción e Interpretación, porque me gusta el Inglés o porque me interesan y se me dan bien los idiomas en general, debería elegir el Bachillerato de Humanidades, y estudiar, entre otras materias, Latín y Griego, porque son importantes o básicas para la formación de cualquier filólogo, traductor o lingüista que se precie.

¿Qué sucede si, siguiendo el consejo "orientador" cacareado, me inclino en este caso por la opción del Bachillerato Científico y Tecnológico, porque, según dicen, no cierra tantas puertas como el de Humanidades y a fin de cuentas voy a seguir estudiando el mismo inglés haga Letras o Ciencias? Pues en principio nada grave. Tampoco vamos a exagerar ni a hacer aquí un drama (o una tragedia griega) de ello. De hecho nada impide, porque no es obligatorio, que después de cursar un Bachillerato de la modalidad científica-tecnológica-sanitaria uno se matricule en Filología Inglesa o en Traducción e  Interpretación. Nada lo impide, realmente, y hay alumnos de hecho  mal asesorados que lo hacen, pero eso no significa que sea aconsejable desde un punto de vista educativo, pedagógico y propedéutico porque, de hacerlo, vamos a tener seguramente muchas carencias en nuestra formación, que no tienen por qué ser insuperables, pero que sí son desde luego importantes y dignas de consideración.

Lo mismo sucede al revés. Nada nos impide, por caso, después de cursar un Bachillerato de Humanidades, matricularnos en una Ingeniería Técnica o en Medicina. No es cierto que sea obligatorio, sino aconsejable,  cursar determinadas asignaturas en Bachillerato, en función de los estudios posteriores. Nadie ni nada nos lo prohíbe, pero algo nos dice, tal vez el sentido común, que suele ser, como dijo el otro, el menos común de todos los sentidos,  que si tiramos por ahí tendremos que subsanar algunas lagunas en nuestra formación.



Claro está que también se puede elegir algo no en función de estudios posteriores, porque a veces no sabemos si vamos a seguir estudiando o no,  o qué vamos a estudiar después, sino en función del interés que suscitan en nosotros las cosas que nos llaman, porque son ellas, como decía antes, las que nos llaman a nosotros,  que eso y no otra cosa es la vocación: una llamada.

En ese sentido podemos decir a favor de los estudios de Letras (y no me refiero sólo al Latín y al Griego, claro está), parafraseando un párrafo de  Cicerón de su discurso de defensa del poeta Arquias, donde hace una apología de la cultura y la literatura en general y de la poesía en particular, que estos estudios -y aquí debemos entender la palabra estudio en su sentido etimológico de "afición, afán, empeño", algo que se hace por amor no por obligación ni por interés laboral futuro-   alimentan nuestra adolescencia y juventud (haec studia adulescentiam alunt), enriquecen nuestra madurez y vejez deleitándonos (senectutem oblectant), nos acompañan en las situaciones favorables de la vida  y adornan nuestra prosperidad (secundas res ornant), nos ofrecen un refugio y un consuelo en la adversidad (aduersis perfugium ac solacium praebent), nos agradan y deleitan en casa (delectant domi), no nos estorban cuando viajamos fuera (non impediunt foris), duermen con nosotros (pernoctant nobiscum), viajan de hecho con nosotros porque van dentro de nosotros mismos (peregrinantur), incluso se vienen con nosotros al campo cuando huimos de la jungla de las ciudades (rusticantur): nos siguen como nuestra propia sombra tanto en los ocios como en los negocios del trabajo. Nos acompañarán, en definitiva, durante toda la vida sin abandonarnos nunca. 

Sólo me queda finalmente felicitar, ahora que concluye este curso académico 2016-2017 a los seguramente pocos alumnos, (pero lo importante no es el número ni la cantidad), que, pese a los consejos desorientadores,  opten, contra viento y marea, por esta elección del Bachillerato de Humanidades o de Letras,  que cierra  algunas puertas, como todas las elecciones que se hacen en la vida, porque como hemos dicho no hay ninguna elección que no lo haga, pero que también, a la vez,  abre otras puertas, y muchas y muy gozosas, por cierto.

Siempre se dijo que las Letras, como se las llamaba antes cuando se las contraponía a las Armas, no servían absolutamente para nada. Y es verdad, pero ahí es donde radica precisamente todo su valor: si no sirven para nada práctico o no tan práctico como las Armas, que ya se sabe para lo que sirven y quién las carga, nosotros tampoco vamos a servir a ningún fin pragmático, es decir, no vamos a ser siervos, que eso significa etimológicamente servir: ser esclavo de un fin y de una utilidad práctica. Y qué mejor que no ser esclavos cuando de lo que se trataba era de ser un poco más libres por lo menos de lo que somos.

 

jueves, 25 de mayo de 2017

Celebrando a Euclides de Mégara


Cuando la pitonisa de Apolo del oráculo de Delfos sentenció que el hombre más sabio del mundo era Sócrates, el propio nominado fue el más sorprendido por semejante respuesta,  y se dedicó, como buen amigo que era del saber, a averiguar qué podía haber de cierto en ese sorprendente veredicto oracular. 

Fue visitando una tras otra a todas las personalidades de la Atenas de su época, que era la de Periclés, a  políticos, intelectuales, artistas, preguntándoles qué sabían. La sola pregunta resultaba impertinente porque cuestionaba la supuesta posesión de la verdad de sus sapientísimos conciudadanos.

La figura de Sócrates resultó enseguida incómoda a los poderosos de aquel mundo, que es este mismo nuestro, todavía, tanto que llegaron a compararlo con un tábano, o una mosca cojonera, diríamos hoy con expresión más castiza. Pues resultaba molesto que alguien pusiera en tela de juicio la realidad preguntándose una y otra vez qué son las cosas.

Ante la afirmación que hacen algunas personas, generalmente bien instaladas dentro del sistema de dominación democrático vigente, de que "Así es la realidad" o "Así son las cosas" o "Las cosas son como son", Sócrates se preguntaba una y otra vez:   ¿cómo son las cosas?, ¿qué son las cosas?, ¿qué es la belleza?, ¿qué es la libertad?, ¿qué es la política?, ¿qué...? Ese era el quid, la clave, de la cuestión: la pregunta se renovaba constantemente, siempre viva en el aire.


Quizá lo que había querido decir el oráculo, concluyó un buen día cansado de tanto preguntar, era que él era el hombre más sabio del mundo porque era el único, si acaso, consciente de su vasta ignorancia. 



Por eso se dedicó a desengañar a los que querían escucharle y conversar con él atendiéndose a razones, jóvenes mayormente de clase alta, desocupados y aún no integrados en la sociedad adulta, como el bellísimo Alcibíades, lo que le granjeó la antipatía general de los mayores y lo que acabaría llevándolo a la muerte, reo de pena capital  por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aunque más propiamente habría que llamarlas “desenseñanzas” o desengaños, así como por no creer en los dioses en los que creía la ciudad y por meter otros. Fue condenado a beber la cicuta letal por el régimen democrático de Atenas, ilustre antecedente del que padecemos ahora.




El proverbio latino "philosophum non facit barba" (La barba no lo hace a uno filósofo) advierte sobre el hecho de que las apariencias engañan. Solemos decir que no hay que confundir la realidad con sus avatares, pero de hecho, en verdad,  la realidad está constituida precisamente por sus apariencias, con las que se funde y confunde, y eso es lo que un filósofo debe denunciar: las mentiras que a modo de columnas sostienen el tinlgado de la realidad.


No es sólo que las apariencias engañen, como dice el refrán, y es verdad, y, por lo tanto, no hay que fiarse nunca mucho de ellas, es que, además, las apariencias son la única realidad que hay. Ya se sabe que la mujer del César no sólo debía ser honesta, sino sobre todo aparentarlo: de hecho era más importante guardar las apariencias que lo otro. A César lo retrató Salustio para siempre cuando lo contrapuso a Catón de Útica y dijo de este último: esse quam uideri bonus malebat ("prefería ser bueno a parecerlo"). Julio César, por el contrario, prefería guardar las apariencias.

Sócrates era frecuentado por muchos discípulos, como hemos dicho: el más famoso será Platón, fundador de la Academia, y de la filosofía académica que vino después. Uno de los menos conocidos, sin embargo, fue Euclides, fundador de la escuela de Mégara, del que queremos hacer aquí mención, para celebrar su nombre, que no hay que confundir con el matemático alejandrino que también se llamaba Euclides, mucho más conocido por la posteridad. 

Cuando se les prohibió en Atenas la entrada a los varones megarenses a propuesta de Periclés, lo que sucedió en el año 432 antes de Cristo, en que los atenienses expulsaron a los de Mégara y prohibieron el comercio entre ambas ciudades, hecho que rompió los tratados de paz vigentes y contribuyó a la guerra del Peloponeso, Euclides era capaz de hacer cualquier cosa para escuchar los razonamientos de Sócrates. 

Se cuenta que al anochecer se vestía con una larga túnica de mujer y se cubría con un palio multicolor –paliaba, pues, así su condición viril y de megarense, haciendo uso de esta palabra que procede del nombre de la prenda griega de vestir por excelencia, el palio o manto de lana que se echaban sobre los hombros tanto hombres como mujeres, siendo el de ellas más vistoso y colorido-, y con la cabeza velada por un chal, iba desde su casa en Mégara hasta Atenas, para escuchar las palabras aladas y desengañadas del maestro y participar en sus conversaciones durante la noche. Y antes de que cantara el gallo, recorría el camino de vuelta a casa de una distancia de poco más de veinte millas que se dice pronto y se tarda no poco en recorrer.

Euclides vistiéndose de mujer, Domenico Maroli (ca. 1612-1676) 

¿Qué sucede ahora? Lo primero que no hay maestros porque había uno y este régimen democrático que padecemos lo condenó a muerte, y a la filosofía la redujo, en el mejor de los casos, a ser Historia de la Filosofía, y casi ya ni eso,  gracias a la vigente ley educativa española. 

Lo segundo,  que si los hubiera, que no los hay, tendrían que ir ellos a buscar a sus discípulos, y esperar a que se despertaran de la borrachera indecente, bien mediado el día, después de haber dormido todo el vino nocturno como consecuencia del botellón finisemanal. ¿Por qué beben los jóvenes? Beben para olvidar que la verdad es que no hay verdad, y que, por lo tanto,  el fin-de-semana no es el fin de la semana, porque esta vuelve siempre a renacer de sus cenizas, como el ave Fénix, y a renovarse constantemente para volver a empezar siempre el lunes, porque no tiene fin de verdad, y porque, al fin y a la postre, la verdad tampoco está en los posos del vino.


Si algo nos ha enseñado Sócrates es que la sabiduría no se posee, es el amor a la verdad que nos lleva a cuestionarnos lo mucho paradójicamente que creemos saber, las muchas apariencias o velos de Maya que configuran la realidad. Ya que la verdad nos es inaccesible por las mentiras con que se recubre, nuestro amor está condenado a ser un amor imposible y no correspondido, un amor platónico, nunca mejor dicho, sólo "filo-" querencia porque nunca poseeremos el objeto hacia el que se orienta nuestro deseo, la "-sofía", que es la sabiduría. Nos limitaremos siempre a ir desvelándola, para lo que tendremos que travestirnos nosotros como el buen Euclides de Mégara, y recorrer más de veinte millas al anochecer y entrar así en la ciudad prohibida poniendo en peligro la integridad de nuestra vida y propia persona, que es lo que siempre está en juego. 

Pero de Euclides de Mégara ya nadie se acuerda, y de Sócrates, el Sócrates de verdad, que no escribió ni una sola palabra y no porque fuera analfabeto, que no lo era, sino todo lo contrario, del Sócrates verdadero,  no del de Platón, que ese no es más que un personaje de ficción, de ese tampoco se acuerda casi nadie ya.





domingo, 21 de mayo de 2017

Currículo oculto

La escuela nos ha inculcado, como quien no quiere la cosa, un currículo oculto. ¿Qué es el currículo oculto? Es un concepto pedagógico de enorme interés, aunque parezca mentira. Consiste en imbuirnos subliminalmente unos contenidos que no figuran en los programas oficiales y que no se reconocen como tales, por ejemplo, la uniformidad, la competitividad deportiva fruto de la examinación y la constante evaluación,  la aceptación acrítica de la sumisión, la justificación sagrada de la autoridad como jerarquía y de la moral, es decir, de la norma, basadas no ya en la gracia de Dios sino en la gracia democrática, diríamos, del pueblo, que jamás se cuestiona, y sobre todo el sometimiento a los horarios y calendarios impuestos, así como a la segmentación del ocio  (no en vano a los recreos los han llamado con ridículo eufemismo ”segmentos de ocio”) y el trabajo, lo que supone el fomento del aburrimiento consustancial a toda institución educativa que se precie tanto pública como privada.


Donde más se nota la existencia de un currículo oculto es en la obligación y el control más o menos escrupuloso de la asistencia de los alumnos a clase por parte de los llamados centros educativos -ya no centros de enseñanza, como aquellos antiguos Institutos Nacionales de Enseñanza Media (INEM), sino de Educación Secundaria (IES) como los llaman ahora-, que los escolarizan manu militari hasta la edad obligatoria de los dieciséis años a la fuerza. Ya se habla incluso de ampliar la escolarización tanto por abajo desde los cero años en las guarderías hasta la mayoría de edad a los dieciocho. De hecho cuando oímos una expresión como "edad escolar" no nos extraña, nos parece lo más normal del mundo que haya una edad de la vida humana, la infancia y la adolescencia, asociadas al aprendizaje y a  la escuela, la edad de estar recluidos obligatoriamente en un centro escolar. Olvidamos lo que significaba la scholé griega: libertad, vida no sujeta al trabajo, juego, lo mismo que su calco semántico latino ludus: ocio. 

Da igual el programa, da igual lo que se enseñe o no se enseñe, ya sabemos que no se aprende nada. Si la escuela ha reducido el analfabetismo, por ejemplo, ha sido a costa de ahogar el gusto y el interés por la lectura al hacer de lo que constituía un placer voluntario una obligación. Es curioso cómo la institución escolar compagina o sustituye los exámenes tradicionales por la tarea o el deber -los famosos deberes contra los que se revuelven algunos padres- de leer un libro y "hacer un trabajo" sobre él. 

 

 Lo importante de los centros escolares es que los niños estén allí acuartelados a tiempo parcial y subordinados a un horario y a un calendario escolares impuestos desde arriba por el ministerio correspondiente del gobierno, es decir, dependiendo del reloj y el almanaque con sus días rojos y negros que les mandan. Algunos centros educativos no difieren mucho de los presidios, con puertas cerradas, rejas, muros y celosías, y con profesores que cubren muchas veces su horario lectivo con las llamadas "guardias de recreo o de patio", para vigilar como si fueran gendarmes que los pequeños no se escapen del recinto escolar o no se peguen entre ellos e inflijan malos tratos. Y es que la escuela democrática no pretende inculcar solamente unos valores confesables y constitucionales incluidos en las programaciones de las llamadas asignaturas de antaño o materias curriculares y unidades didácticas de ahora con sus ejes transversales y demás mandangas y monsergas, sino también, y sobre todo, otros menos respetables y más crípticos, que no críticos, subyacentes en todo caso a la propia institución, pero que son los que verdaderamente interesan: eso es el currículo oculto, nuestro curriculum uitae.

Algo parecido ha sucedido con las llamadas actividades extraescolares, cada vez más prolíficas al haber aumentado los años de escolarización entendida como reclusión obligatoria. Es necesario que los colegios que se precian organicen a porfía, al modo de las agencias de viajes, actividades que se desarrollen fuera del encierro de las aulas, de manera que las actividades escolares o académicas propiamente dichas  vengan a ser sólo un pretexto, es decir un texto que se antepone o pone por delante, para las otras, que son las que realmente interesan, porque suponen una "salida" de la rutina escolar, un simulacro de liberación que, como el fin de semana o las vacaciones, pueda hacer más tolerable la vuelta a la normalidad, la semana laboral/escolar,  y la clausura de las clases, de modo que los alumnos y las alumnas, como dicen ahora para visiblizar el sexo femenino, como si no estuviera incluido en el genérico o no marcado que es el masculino, puedan cantar en los autobuses la cantilena aquella de "Qué buenos son, qué buenos son los padres escolapios (o salesianos,  o qué buenas son, para el caso, las madres teresianas, o los profes y las profes del colegio, si de la enseñanza privada-concertada pasamos a la pública),  qué buenos y buenas son, que nos llevan de excursión". 


El sistema tampoco quiere ya viejos profesores casposos que den lecciones magistrales ex cathedra, abusando de un verbalismo hoy en día tan denostado por las nuevas tecnologías y métodos de exposición audiovisuales e informáticos, sino vídeos y powerpoints. Por eso las autoridades gubernativas han venido optando por prejubilarlos. El sistema prefiere modernos showmen, pedagogos lúdicos y alternativos y progresistas; jóvenes psicólogos que entiendan al niño y se pongan en su lugar y que, en el colmo de los colmos, se sientan responsables del fracaso escolar de sus alumnos y entonen el mea culpa, mea maxima culpa,  y eduquen a sus padres, si hace falta, para lo que crean, oh aberración pedagógica, las “escuelas de padres o de adultos”.

La escuela democrática de hoy pretende convertir al ciudadano en un policía de sí mismo, y es que la represión en la era democrática que vivimos, la buena represión, digamos, es, como la buena educación de antaño, la que no se ve, la que no se nota, la que casi pasa inadvertida, la auto-represión y el auto-control, lo que no quiere decir obviamente que no exista la represión, sino todo lo contrario: existe y muy mucho, mucho más que antes, más interiorizada que nunca, por eso no se nota, porque para eso existe, para que no se note. Su eficacia radica en su invisibilidad y en que no procede de fuera, sino de dentro de nosotros mismos: se trata de una autoexigencia y autoimposición que nos lleva por el camino de la depresión y la amargura. Por eso hay que denunciar el currículo oculto. Para que se vea.