miércoles, 16 de agosto de 2017

El puerto, la puerta y el verbo portar.

Algo tienen en común estas tres palabras castellanas puerto, puerta y portar: su procedencia de una misma raíz latina como se ve en PORT-VS (el puerto), PORT-A (la puerta) y el verbo PORT-ARE (portar), una vez que consideramos que la O breve latina diptonga en UE al pasar al castellano cuando lleva el acento. 

*PORT-VS: Es un sustantivo masculino de la cuarta declinación, cuyo significado principal parece que era "paso, abertura", de donde vienen nuestro puerto de montaña, nuestro puerto marítimo en la navegación, entendido como fondeadero o rada, y nuestro más moderno aeropuerto.   A la familia de esta palabra pertenece el dios  Portuno, dios de los puertos, cuyo templo se conserva en Roma a orillas del puerto del río Tíber que comunicaba la ciudad con el puerto marítimo de Ostia.  Y no resulta inoportuno y por lo tanto no tiene que importunarnos relacionarlo con el adjetivo latino OPPORTVNVS, que es el origen de nuestro oportunismo, y de nuestra oportunidad, a la que según la vieja fábula, la pintan calva y, por eso mismo, hay que cogerla por los pocos pelos que tiene, y no dejarla escapar cuando pasa a nuestro lado. OPPORTVNVS procede de OB-PORTVNVS, con asimilación regresiva de sonoridad de B a P y posterior simplificación, por lo que ya en latín aparecía a veces escrito OPORTVNVS. El caso es que el prefijo OB- con el significado local de "que está delante, en frente", como en OB-VIVS (que está delante del camino, que salta enseguida a la vista, obviamente), significaría que está delante del puerto, y de ahí que empuja hacia el puerto, hablando del viento, con las connotaciones de bien situado y adecuado.

 Templo del dios Portuno o de la Fortuna Viril, a orillas del Portus Tiberis en Roma.

*PORT-A: Es un sustantivo femenino de la primera declinación, cuyo significado de lugar de paso, y de ahí puerta, tanto de una ciudad en la muralla, como de un templo o de un campamento militar.  Se trata de un paso hacia un lugar cerrado, o de una salida hacia el campo: ¿Quién le pone puertas al campo? De esta palabra derivan: portada, portal y soportal, portazo, portilla, compuerta,  portero y pórtico y porche.

 Hannibal ad portas, Jacopo Ripanda (c. 1516)

Se hizo proverbial en Roma la expresión "Hannibal ad portas" que a veces se cita "Hannibal ante portas" cuando una situación era extremadamente peligrosa: significaba que Aníbal, que era el coco para los romanos, estaba a las puertas de Roma.

De *PORT-ARE:

-PORTARE > PORTAR: El significado básico es "hacer pasar, llevar". Hay un uso reflexivo: portarse uno a sí mismo, es decir, conducirse.  El prefijo porta- ha creado muchos compuestos: portacartas, portaminas, portamonedas, portapapeles, portavoz, portalibros, porfolio, abreviación de portafolio a través del francés portefeuille "cartera", etc. Tenemos también un sustantivo porte con varios significados que van desde el valor económico de algo a su aspecto o presencia, el adjetivo portátil, y el verbo portear 

-ADPORTARE > APPORTARE > APORTARE > APORTAR: El prefijo AD- aporta un valor semántico de dirección "hacia" con idea de aproximación y proximidad, como si dijésemos "acarrear a", "atraer a", "traer consigo". Ese es su mayor aporte o aportación al significado básico del verbo simple.

-COMPORTARE > COMPORTAR: El preverbio com- es uno de los más productivos; comporta un significado sociativo e instrumental de confluencia "juntamente", "a un mismo sitio". Es muy frecuente en nuestra lengua el uso reflexivo comportarse  que lo hace sinónimo más o menos (no existe la sinonimia total) de portarse: comportarse sería portarse bien, con una conducta correcta.

-DEPORTARE > DEPORTAR: El preverbio DE- es muy fructífero en latín, pero también en la época de descomposición de la lengua, debido a la generalización de la preposición "de", que vino a sustituir las funciones del genitivo. El significado que le aporta al verbo y que comporta sería la noción de alejamiento y desviación. Hoy en día en nuestra lengua deportar significa desterrar a alguien como castigo, habiéndose perdido la connotación antigua del verbo deportar (y  deportarse)  es decir, de divertir y distraer de las obligaciones, del que sólo nos queda el sustantivo deporte, que se reintrodujo en nuestra lengua por influencia del inglés sport, palabra inglesa que también viene de este verbo latino a través del francés.  Está atestiguada en castellano viejo la palabra depuerto.


-EXPORTARE > EXPORTAR: Este prefijo es de los más prolíficos en latín, de hecho sólo es superado por COM-. Su significado principal es la idea de salida, y por lo tanto procedencia del interior. Hoy se usa con el sentido económico de vender productos a países extranjeros, pero también en informática se habla de exportar información de un sistema informático a otro. En nuestro mundo actual la información se ha convertido en uno de los productos que más se exportan, porque es de vital importancia para el sostenimiento del dominio de la población.


  -IMPORTARE > IMPORTAR: El preverbio IN-, que se escribe IM- ante pe, indica penetración e introducción, por lo que se opone a EX-. A diferencia de AD- que indica sólo aproximación (aportar), IN- añade la idea de entrada (importar). Son importantes los significados económicos: el importe es decir lo que cuesta una mercancía, el precio que tiene (que no hay que confundir con el valor), y la importación de productos o de costumbres ajenas, extranjeras, incluida también la información entre las mercancías que se exportan e importan de un soporte informático a otro. Pero no hay que olvidar su importantísimo significado intransitivo: algo nos importa, es importante, tiene mucha importancia, porque nos interesa, nos conviene, nos afecta.

  -REPORTARE > REPORTAR: RE- ocupa el tercer lugar dentro de los modificadores verbales latinos, tras COM- y EX- que son los más productivos. Su significado principal es repetición y hacía atrás. Tiene hoy un significado básicamente económico: el beneficio que una cosa comporta, lo que conlleva, pero también dar una noticia. En ese sentido tenemos el galicismo reportaje, y el anglicismo reportero como sinónimo de periodista.

-SUBPORTARE > SUPPORTARE > SUPORTARE > SOPORTARE > SOPORTAR: El prefijo SUB- tiene un valor de dirección  "desde abajo hacia arriba", como el adverbio inglés UP o el griego HYPÓ con los que está emparentado. Como muy bien dice Benjamín García Hernández, los hablantes de lenguas románicas solemos darle a este prefijo el significado de "debajo", que es su valor más evolucionado, pero el valor primordial que suele tener en la composición como preverbio  es precisamente "hacia arriba". En castellano el prefijo SUB- puede aparecer bajo distintas formas debido a su evolución (su-, sus-, so-,  son-, sor-). Soportar es sostener o sobrellevar un peso o una carga real o figurada, y de ahí la idea de tolerar lo soportable y lo insoportable. Ha adquirido actualmente importancia  el significado informático de soporte que alude al material en el que se almacena la información. Se habla también de soporte físico y lógico en ese contexto informático.
 

-TRANSPORTARE > TRANSPORTAR > TRASPORTAR: El preverbio TRANS-/TRAS- indica siempre un movimiento traslativo de llevar algo de un lado a otro. Hay que decir que en español oficial contemporáneo transportar es un cultismo que sólo se mantiene por influencia de la lengua escrita sobre la hablada, porque la palabra patrimonial es trasportar, una vez producida la asimilación de la N a la S y la posteior simplificación.

domingo, 13 de agosto de 2017

Lecciones de economía 4: -Time is money, money is time.

Hay una película mediocre pero ilustrativa que lleva por título “El Precio del Mañana” (In Time en inglés), dirigida por Andrew Niccol (2011). Se trata de una distopía en la que las personas, llegadas a una determinada edad, mueren repentinamente a no ser que tengan dinero para adquirir tiempo extra de vida.  Mientras que los ricos pueden vivir eternamente, el resto empobrecido de la población debe negociar o pedir préstamos para poder seguir viviendo.


Ya lo dijo, según cuentan, Benjamin Franklin, un prohombre de Estado, en dos palabras: Time is money: el tiempo es dinero: horas de trabajo que se remuneran, que se convierten en dinero, un dinero que exige el sacrificio de nuestro tiempo, por lo que ese tiempo siempre futuro se convierte en un dinero también futuro. El refrán viene a decir que todo el tiempo que uno pueda dedicar a trabajar y generar dinero, es tiempo “bien invertido”, remunerado, que vale su peso en oro, que puede trocarse por dinero. En cambio, si uno se aparta de ese camino e invierte el tiempo en otros ocios o negocios, está perdiendo dinero y perdiendo, como suele decirse, el tiempo.

Tempus pecunia est, El tiempo es dinero, Richard Harpum (2004)

El dicho tiene su equivalencia en castellano: “El tiempo es oro”, aunque el patrón oro ya esté desacreditado como moneda.  Se trata de una metáfora literaria y ecuación matemática que equipara esas dos magnitudes, aparentemente inconexas, en una sola, como si dijéramos A=B, por lo que también podríamos decir: y vivceversa B=A. Así que démosle la vuelta al archiconocido refrán y obtendremos una valiosa verdad, como propone George Gissing en 1903, en sus Papeles privados de Henry Ryecroft: “Money is time. With money I buy for cheerful use the hours which otherwise would not in any sense be mine; nay, which would make me their miserable bondsman.” (El dinero es tiempo. Con dinero compro para uso fruitivo las horas que de otra manera no serían mías en ningún sentido; más aún, que me convertirían en su miserable fiador).

Con el dinero ya no sólo se compran cosas (y personas, y vientres de alquiler, si llega el caso), sino también, y sobre todo, más dinero y tiempo. Las cosas que más importan económicamente hablando, que no son las más importantes; las cosas que más valen, que no son las más valiosas, sino las más caras, las que cuestan cifras astronómicas de millones de millones, ya no son los bienes concretos que pueden palparse, comprarse y venderse en el mercado, sino los dineros, el capital mismo, que es la cosa que crea todas las cosas, el Ser Supremo, Dios en persona, lo que hace que las cosas (y las personas) sean tales y se compren y se vendan en el mercado global, estableciéndose otra ecuación indiscutible: Dinero = Dios, y viceversa. 


Lo que importa hoy es que dinero compra dinero, dinero produce dinero: pecunia pecuniam parit.(PECVNIA era, por cierto, el nombre del dinero en latín, ya que “denarius”, de donde nos viene a nosotros la palabra, era el nombre de una moneda que valía diez ases como vimos en la primera entrega). ¿En qué consiste esa compraventa? En nada concreto y material, sino en todo lo contrario: en la más pura abstracción ideal e inmaterial. El dinero compra dinero que genera más dinero: crece y se multiplica.

El dinero, según los economistas, es un bien (petición de principio: repárese en que el dinero se considera un bien, algo bueno), intercambiable por todos los demás bienes, incluído él mismo en el cómputo, porque él también es una mercancía, y, por lo tanto, tiene un precio que se expresa en dinero. ¿Resulta contradictorio? Lo es, en efecto.


A veces oímos a esos economistas hablar del precio del dinero. Examinemos esta locución aparentemente inofensiva. No la confundamos con “el valor del dinero”. el valor es una cualidad subjetiva más bien que nosotros le atribuimos al vil metal, mientras que el precio es algo más objetivo y que es auto-referente: hace referencia precisamente al dinero mismo. ¿Cuánto dinero cuesta, qué precio tiene, precisamente, todo el dinero que hay en el mundo? ¿Hay suficiente dinero en el mundo, dinero extra que no entra en el cálculo total, como si dijéramos metadinero metafísico, para comprar todo el dinero del mundo, o habría que crearlo ex nihilo?


A la pregunta de cuánto dinero hay en el mundo, no hay una respuesta exacta, porque depende de la definición de dinero que se dé. Cuanto más amplia y abstracta es la definición dada, más alta es la cifra y el número de ceros. ¿Hay dinero en el mundo para comprar el dinero que hay en el mundo?

Pero hay un efecto secundario de primer orden en este proceso financiero: la inversión de dinero crea el tiempo, y cuando decimos el tiempo queremos decir el futuro, un futuro que no existía antes, que está esencialmente vacío pero que resulta rentable, que nos reporta una cantidad adicional de dinero por la inversión o el préstamo que hemos hecho a otra persona o a una entidad financiera que, por su parte, se lo va a prestar a otro usuario por el interés.

Y en esa huida hacia adelante es donde el dinero crea el futuro, el nuestro propio y el de la humanidad en general, porque el dinero es tiempo, el dinero es futuro, y el futuro, que es el factor importantísimo con el que opera la economía, es la muerte. El templo de ese Ser Supremo está vacío. Ese vacío mismo era Dios: en eso consisten los depósitos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial y Universal Intergaláctico, el Sancta Sanctorum sólo contiene su propio vacío: eso eran las reservas de oro del erario público. Hay que repetirlo: Está vacío. Y el tiempo, como el rey en el cuento infantil de El Traje Nuevo del Emperador, está desnudo.

La persistencia de la memoria o Los relojes blandos, Salvador Dalí (1931)

La relación entre ambos conceptos es interesante, pero compleja. Aparentemente el dinero es mucho más fácil de definir que el tiempo. Ya el obispo Agustín de Hipona, santificado por la Iglesia Católica,  constataba esta dificultad  en sus Confesiones (XI, 14, 17): quid est ergo tempus? si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare uelim, nescio: Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. El tiempo resulta inaprehensible, por lo que no se puede hablar de él, explicarlo, pero gracias al dinero, que es el Dios creador de ese can Cérbero de tres cabezas -pretérito, presente y futuro, como los tiempos verbales de la gramática que aprendíamos en la escuela-, lo cronometramos y falsificamos.

jueves, 10 de agosto de 2017

Defensa de los niños contra padres, educadores y escuela.


Ante la llegada de las vacaciones estivales, muchos padres se plantean cómo van a soportar durante dos meses a sus hijos y a sobrevivir. Ellos son seguramente lo que más quieren en este mundo,  y durante el año echan de menos poder pasar más tiempo juntos, pero cuando llega el verano no saben qué hacer con sus vástagos y optan por mandar a las adorables criaturas a un campamento en el norte de Burgos, a estudiar inglés a Irlanda o a Gran Bretaña o a clases particulares y actividades extraescolares y complementarias de lo que sea. 

Y es que una vez liberados los niños del yugo de la institución escolar en verano (aestate pueri si ualent, satis discunt, que dijo Marcial: en verano los niños si están bien de salud, bastante aprenden ya), lo que sirve para que el yugo sea más tolerable en septiembre, se ve cuál es la función real de la escuela, esencialmente represiva y de guardería de la infancia: un parking temático donde so pretexto de educación se recluye a los niños en estado semisalvaje para su domesticación y que entren por el aro como fierecillas domadas. El amor paternofilial se resiente como una especie de obligación, una suerte de deber contraído al que hay que resignarse, no un gozo, por lo que hay que hacer de tripas corazón o ponerle al mal tiempo buena cara. 


Si “misoginia” designa una especie de odio, aborrecimiento o mero juicio despectivo hacia las mujeres característico de nuestra sociedad patriarcal; “misopedia” -tomo el término prestado de un artículo en francés de Ivan Segré designa lo mismo -odio, desprecio, misos en griego-  pero relativo esta vez a los niños -pais, paidós-, tan insoportables para el “misopeda” como las mujeres para el misógino, lo que, no menos que lo primero, define a nuestra sociedad esencialmente patriarcal. 

La enorme misopedia inherente a nuestras tribus desarrolladas del primer mundo se caracteriza porque hay que proteger a la infancia y salvaguardarla de sí misma, lo que conlleva aparejados malos tratos -"es por tu bien", se les dice a las criaturas-  y el hecho de que muchas parejas prefieran criar perros o gatos, que les resultan más gratificantes, aunque cuando llegan las vacaciones tampoco sepan muy bien qué hacer con sus mascotas y, en el peor de los casos, las abandonen en una gasolinera.

Los niños ya no salen a jugar bulliciosos a la calle porque hay coches que pueden atropellarlos, pederastas que pueden violarlos -aunque hay una excesiva alarma social en torno a las violaciones de niños, quizá sean más frecuentes de lo que se piensa en el seno del hogar dulce hogar que en la calle;  ¿por qué, si no,  ni siquiera se bañan ya niños y niñas, gloria bendita de verlos, despreocupados y desnudos en las playas?-, hay peligrosos psicópatas, secuestradores, terroristas asesinos que hacen la guerra santa musulmana, traficantes de órganos, trata de blancas y muchos otros peligros indefinidos acechando a la vuelta de cada esquina, por lo que se quedan, qué pena, enclaustrados en casa, como si eso fuera lo mejor, enchufados a la consola de viedojuegos o a internet o a la caja tonta y estupefaciente, o a las tres cosas a la vez. El hogar está lleno de instrumentos tecnológicos y juegos para que el niño pueda quedarse el mayor tiempo posible en casa, cadenas y rejas que le impiden ser libre.


Los niños ya no recorren las calles de la ciudad para ir andando al colegio o al juego porque no tienen autonomía ni movilidad, por eso un adulto los acompaña como si fuera su Ángel de la Guarda y los lleva en coche casi siempre a todas partes en sus desplazamientos cotidianos hasta bien entrada la adolescencia.

Habría que reeducar a los niños en el placer de trasladarse a pie o en bicicleta, invitándolos a ir sin el acompañamiento paterno o de un adulto, sin miedo ninguno a cualquier parte. Los niños ya no pueden jugar en las plazas y en las calles porque se han convertido en aparcamientos y vías para automóviles, lo que supone un excesivo acaparamiento del suelo público y urbano por parte de los coches. Sería bello, muy  hermoso, que liberáramos las plazas de los aparcamientos automovilísticos y las recuperásemos para paseo, descanso y juego de niños,  y que los peatones reconquistásemos las calles, y que todas ellas, no sólo algunas céntricas de las ciudades, fueran peatonales.


Un niño no puede jugar a la pelota si no se mete a entrenar en un equipo con camiseta, pantalones cortos,  zapatillas y chándal, con un entrenador y toda la parafernalia; a poco que se descuide se lo profesionaliza desde bien pequeño, convirtiendo el juego en deporte, que es lo peor que hay.

La infancia es un lujo que los niños de hoy están privados de disfrutar por sus mayores, quienes, sin embargo, disfrutaron de la suya. Los adultos los controlan, dirigen y entrenan, condenándolos a una nueva doble enfermedad: la soledad y la dependencia. 

Necesitan permiso paterno para estar fuera de casa, y hasta para tirarse un pedo. Se reduce así su movilidad, restringiéndose además a determinados lugares controlados y videovigilados. No les dejan encontrarse libremente en la calle con otros niños que no sean sus amigos ni con otros adultos que no sean sus padres, porque se les inculca el miedo a los desconocidos y se les inculca al mismo tiempo que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, y, en definitiva, que vale más lo malo que lo bueno, porque el mal es por su propio bien,  lo que es un auténtico disparate.


El empeño de los padres, profesores y educadores ya no es como hace algunas generaciones, promover progresivamente la autonomía de los infantes, sino garantizar su dependencia y su tutela. Fuera de casa, prosperan las ludotecas y los parques temáticos siempre bajo la atenta mirada sobreprotectora y la custodia y control videovigilante de los adultos.

Los mayores consideran al niño un “educando”, es decir, un sujeto que debe ser educado cuanto antes, lo antes posible, que tiene valor no por lo que es sino por lo que llegará a ser el día de mañana. El niño de carne y hueso es negado, no importa, no existe. El niño está, como la poesía de Celaya, “cargado de futuro”, excesivamente sobrecargado, diría yo más bien; no es una realidad, sino un proyecto.

No importa lo que es, sino lo que será mañana, para lo que se le hace que no sea nada ahora, se mata, de alguna de las maneras que hemos descrito, su infancia, subordinada a un bosquejo en perspectiva, al boceto de un plan trazado por otros. El futuro ciudadano democrático, votante y contribuyente, será, por consiguiente, un niño frustrado, sin infancia. Recordemos el Principito de Antoine de Saint-Exupéry: “Todas las personas mayores han sido niños antes. (Pero pocas se acuerdan).” O a Jean Genet, que escribió en alguna parte: "Vivir es sobrevivir a un niño muerto".

martes, 8 de agosto de 2017

Lecciones de economía: 3.- Educación en valores... bursátiles.

Entre la progresía pedagógica ya es un clásico curricular, aunque algo démodé, el tema de la educación “en valores” (on values, en la lengua del Imperio). Se concebía la enseñanza, instrucción o proceso de aprendizaje como educación. De hecho la E de nuestro ominoso acrónimo ESO no significa "enseñanza", sino "educación" (la S,  "secundaria",  y la O, a la fuerza ahorcan, "obligatoria"). Se entiende que haya una enseñanza primaria o básica y que pueda haber otra posterior secundaria, o media que se decía antes,  y aun una superior, especializada o universitaria, pero esos adjetivos no cuadran bien con "educación": la educación se tiene o no se tiene, puede ser buena o mala, pero no admite progresión ni grados en su adquisición.

Decían aquellos pedagogos que no había que limitarse a transmitir unos conocimientos, sino que había que inculcar tra(n)sversalmente, como el que no quiere la cosa, unos valores tales como la solidaridad, que es la versión laica de la cáritas cristiana, la no discriminación sexual y racial, el espíritu de la tolerancia, la lucha contra la violencia y un largo etcétera con el que fomentaban la defensa de los derechos humanos y el buenrollismo desde la escuela y la más tierna infancia.

Lo malo es que esos valores de los que se quería imbuir a las jóvenes generaciones han acabado, me temo, por convertirse en valores... bursátiles. Esa  educación en valores que estamos dando a nuestros hijos, a juzgar por el éxito de la Economía en nuestro sistema educativo, y por el fracaso de la Educación para la Ciudadanía y la prevención del acoso escolar (bullying en la lengua del Imperio) y la violencia contra las mujeres en la sociedad en general,  se ha quedado en agua de borrajas.

 

Séneca escribió non uitae, sed scholae discimus no aprendemos para la vida, sino para la institución escolar. ¿Qué quería decir el cordobés? Que las cosas eran en su tiempo así, lo que criticaba porque deberían ser al revés, y de hecho, la frase suele citarse al contrario, pese a que Séneca no la escribió así en su epístola a Lucilio,  para indicar no cómo son las cosas, sino cómo deberían ser. A tenor de lo que sucede ahora, podemos nosotros imitando a Séneca decir: non uitae, sed bursae discimus no aprendemos para la vida, sino para la bolsa. La palabra latina bursa significaba monedero o faltriquera donde se guardaba el dinero, de ahí nuestra bolsa y nuestro bolsillo; no tenía en latín todavía el sentido actual de casa de contratación, que adquirió del nombre de la familia flamenca Van der Bürse, en cuya sede se reunían los mercaderes venecianos para hacer sus negocios. No aprendemos, pues, para la vida, con el estudio de la Economía y Economía de la Empresa, sino para la Bolsa. Y ahí está la disyunción: o la bolsa o la vida, como exigen los atracadores, los bandoleros o los salteadores de caminos. Tenemos que elegir: si amamos la vida, entregaremos la bolsa deshaciéndonos del dinero que llevamos encima, pero si amamos la bolsa que contiene la plata perderemos la vida. O enseñamos para la vida o enseñamos para la bolsa.


La bolsa y la vida, viñeta de Juli Sanchis “Harca”

Alguien podrá objetar, con mucha razón, que no hay en el planeta Tierra vida humana que se precie, nunca mejor dicho,  si no hay bolsa que la respalde, porque con la bolsa se compran los medios de subsistencia, y de alguna manera la bolsa es la vida, por eso los modernos ladrones con traje de esmoquin, cuando nos atracan, nos sustraen, como en la sarcástica viñeta de Harca que os pongo arriba, la bolsa a la vez que la vida. Si equiparamos estos términos a dinero y tiempo respectivamente, llegamos a la ecuación general: time is money y money is time,  desde el momento en que el jornal es el salario equivalente a una jornada laboral, y el trabajo, la Arbeitskraft o fuerza de trabajo que decía Marx, se remunera no tanto por la producción de bienes o el servicio prestado como por el tiempo empleado en ello,  y se convierte, por lo tanto, en mercancía.

Hagámonos a estas alturas la siguiente consideración: ¿Podríamos vivir sin la bolsa, es decir, sin dinero? Pero la pregunta estaría mal planteada. Hay que cuestionar lo que hay, no lo que no hay: ¿Se puede vivir con dinero, con el vil metal? ¿Es esto acaso vida? Algo nos dice por lo bajo y lo hondo que no, que es prostitución, la cual, no en vano, se ha considerado el oficio más viejo del mundo: la conversión del tiempo de nuestra vida en vil metal.


 
Viñeta de Quino

Preguntémonos, a propósito, en este punto por el sentido de la expresión “vil metal”. ¿Por qué a un metal, en este caso al oro, lo calificamos de vil? Porque es el metal noble, precioso, es decir, el que pone precio a todas las cosas, y por eso mismo, el apreciado, y precisamente por eso, por ponerle precio a las cosas, incluso a la vida humana, el metal, el dinero es vil, nos envilece. Es una forma, obviamente, despectiva de referirse al dinero, pero no se puede ser neutral o hablar positivamente de algo que es intrínsecamente perverso. Otra razón de la vileza del metal es que por encima de cualquier otro interés humano, sentimental, familiar o de amistad interpone el interés del capital, cuyo objetivo es crecer y multiplicarse a sí mismo por la tasa que le interesa en un período de tiempo que automáticamente se establece y cronometra. En muchos idiomas se justifica la vileza del dinero diciendo: “bussines are bussines”, “les affaires sont les affaires” o “los negocios son los negocios” con lo que se justifica lo injustificable.


sábado, 5 de agosto de 2017

Inglés macarrónico y malentendido lingüístico

Una empresa de multiaventura juvenil de Cantabria ofertaba la actividad de saltar desde lo alto de un viaducto con el amarre de una cuerda dentro de un paquete de ocio y tiempo libre a los campamentos de chicos y chicas que veraneaban en la zona. Las instrucciones del monitor de puenting, que es como llaman a dicho salto, a una menor holandesa que estaba dispuesta a lanzarse al vacío y que él no quería que saltase todavía porque no estaban ultimados los preparativos del salto fueron a voz en grito: No jump! It's important. No jump!.

La joven holandesa de 17 años, entusiasmada por poder practicar por primera vez en su vida esta actividad de riesgo, mejor que deporte,entendió probablemente "Now jump!" ("¡Ahora salta!"),  y se lanzó entonces desde el viaducto de Cedeja en Virgen de la Peña (Cantabria) sin estar atada todavía a los anclajes de seguridad del puente, con solo una cuerda prendida a su arnés, ajena a la hostia que se iba a pegar.  Se precipitó, pues, en el vacío,  y se estrelló contra el río Cedeja desde una altura de 32 metros,  lo que provocó el traumatismo torácico que le causó una aguda hemorragia y la muerte.
 
Un malentendido lingüístico,  motivado porque en la lengua de Shakepeare “¡No saltes!” no se dice “No jump!”, como pretendía el monitor a imitación del español, sino “Don`t jump!”. La negación “no” sólo se puede aplicar a los sustantivos, o a los gerundios de los verbos, que son, como se sabe, formas verbales sustantivadas. “No jumping” escrito, por ejemplo,  en un cartel se entiende como “Prohibido el salto”, "no saltar"; es una información de que existe una interdicción, lo mismo que "No smoking" o "No diving". 

Pero si lo que queremos es prohibirle efectivamente a alguien que salte (“¡no saltes!”), como hacemos en español con el subjuntivo, hemos de decir “don’t jump!”, recurriendo al imperativo del auxiliar “do”, a la negación “not” y al verbo que se conjuga. No es raro que la menor de edad entendiera la negación “no” como el adverbio de tiempo “now”, que en inglés significa “ahora, ya”, y que lo que pretendía ser una prohibición pero gramaticalmente no lo era la sintiera como una orden ejecutiva.

Los hechos sucedieron en agosto de 2015, pero es ahora, dos años después cuando la Audiencia Provincial de Cantabria ha ratificado el auto del Juzgado de Instrucción de Torrelavega que apreció indicios de delito en los sucesos que llevaron a la muerte a la joven holandesa. La sentencia recalca que  el instructor de puenting (¡hay que ver cómo penetran en castellano los gerundios ingleses, desde aquel lejano ya traje de esmoquin (smoking en inglés) que se ponían los caballeros para fumar hasta los modernos balconing o este puenting de marras!) carecía del nivel de inglés elemental necesario para dar instrucciones a ciudadanos extranjeros "en algo tan delicado como saltar al vacío desde un punto elevado". Dice literalmente el auto de la Audiencia:  "El uso de un inglés macarrónico(1) ('no jump') pudo perfectamente ser entendido como una orden explícita de salto ('now jump') por la víctima".


Los españolitos deberíamos reflexionar muy seriamente a propósito de este trágico suceso del puenting sobre los muchos años que nos pasamos estudiando inglés y lo mal que lo hemos aprendido. ¿Por qué será? ¿Cómo es posible que con tantas horas de inglés encima, que en algunos casos empiezan ya en la guardería con los números y los colores, y con tantos años a las espaldas, seis de primaria y cuatro de secundaria,  acabemos el servicio militar obligatorio de la ESO sin hablar medianamente bien ni entender la lengua del cisne de Avon y del Imperio? ¿A qué puede deberse semejante despropósito? ¿Estaremos haciendo algo mal?

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(1) El adjetivo macarrónico, que utiliza dicha sentencia, según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia,   tiene dos acepciones:
1. adj. Dicho del latín: Usado de forma burlesca y defectuosa.
2. adj. Dicho de una lengua distinta del latín: Usada de forma notoriamente incorrecta.


¿De dónde viene esta palabra? ¿Tiene algo que ver con macarra? No, en absoluto. ¿Y con macarrón?  Sí, tiene que ver con esta última palabra italiana. Procede, según el Vocabolario della lingua italiana de Nicola Zingarelli (2006) de  maccaronico, que es un adjetivo formado sobre el sustantivo maccarone, que es dialecto romanesco, y además de ser el nombre del tipo de pasta con forma de canuto que nosotros conocemos como macarrón, era sinónimo en segunda acepción figurada de persona estúpida o bobo. Una maccaronea, además,  era en literatura una obra escrita en  “una lengua tosca, parodia del latín clásico, cuyo léxico consiste en palabras latinas, vulgares y dialectales, pero declinadas y conjugadas con terminaciones latinas, en uso especialmente en obras burlescas de los siglos XVI y XVII” (Lo Zingarelli).



Un ejemplo castellano de este latín macarrónico o caricaturesco, mezclado con el castellano, puede ser este comienzo del Quijote que tradujo Ignacio Calvo: In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Lecciones de economía: 2.- Mentiras, cochinas mentiras y estadísticas.



En esta segunda lección vamos a hablar de una de las aplicaciones prácticas de las matemáticas a las ciencias sociales y a la economía, que es la estadística.

Empecemos por preguntarnos qué es la estadística. La mejor definición que se me ocurre es la siguiente: La estadística es el arte de engañar  y manipular a la gente con números, utilizando políticamente la aritmética. Es una definición muy amplia pero adecuada. La palabra, como revela su etimología, procede de "estado" en un doble sentido: como situación en la que se está (status quo) y como instrumento de reducción a número de cosas y personas para su administración y gobierno (Estado como organización política); los censos eran una práctica muy común en la antigüedad: se computaba a la población para hacer recuento de los individuos a fin de administrarlos y gobernarlos.



De la mentira de las estadísticas ya nos advierte un célebre aforismo: there are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics:“hay tres tipos de mentiras: mentiras, cochinas mentiras y estadísticas”. El gran Eduardo Galeano nos lo explica mejor y ejemplifica magistralmente en uno de sus Puntos de vista, diciéndolo muy clarito: Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas dos personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso percápita.

Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, no sólo las cosas, sino también las personas, que, al aritmetizarnos, nos cosificamos e igualamos como si fuéramos gotas de agua.  Y los números están por todas partes. Dejamos que nos numeren, y numerar es una contradicción, es uniformar lo que es diverso y multiforme.

Hay un refrán medieval, que se remonta a lo que se me alcanza al teólogo benedictino Rupert von Deutz, que vivió entre los siglos XI y XII, y escribió entre otras obras De divinis officiis, que dice, glosado,  “caballo y caballero no son dos seres, sino uno solo”. O en versión mitológica,  “caballo y jinete no son dos, sino un centauro”. Él lo decía así: homo sedens in equo non duo sunt, sed unus eques: Un hombre montado en un caballo no son dos, sino un solo hombre-a-caballo. Venía a cuento de cómo Dios hecho hombre no eran dos personas distintas, sino una sola, que se llamaba Cristo: no eran dos Dioses ni dos hombres ni siquiera dos Cristos, sino un único Cristo.

 Rupert von Deutz (Rupertus Tuitianus)

Viene el benedictino a decir algo tan elemental como que no se pueden sumar cosas distintas. Lo paradójico es que todas las cosas son distintas, tienen algún distintivo, algo que las hace originales y únicas,  y que impide que puedan  equipararse. Solamente pueden sumarse dos cosas cuando las reducimos a su condición previa de cosas: caballo y caballero son dos animales o dos seres vivos, o, más en general, dos casos de cosa. Si los sumamos y metemos en el mismo saco, ya no son lo que eran, han perdido su especificidad al uniformar lo que era diverso y pasarlo por el mismo rasero.

No se pueden sumar peras y manzanas, decía nuestro profesor de matemáticas del instituto, alias Pitagorín, con más razón de la que él creía, a no ser que las convirtamos en piezas de fruta, por ejemplo: dos peras y dos manzanas son, efectivamente, cuatro piezas, un kilo de fruta. Las hemos sumado, las hemos unificado y reificado. Han perdido su sabor: ya no son ni peras ni manzanas. Y ¿qué es lo que nos obliga a sumarlas? Ni más ni menos que el dinero, que es la epifanía de todas las cosas, lo que las equipara, pone precio, da existencia en el mercado y acaba por sustituirlas a todas.

 
Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social que padecemos, las personas nos hemos convertido en números, y, por lo tanto, también en cosas,  como atestigua nuestro Documento Nacional de Identidad, o los dígitos de nuestra cuenta bancaria y correlativa tarjeta de crédito: meras cifras. (Y cifra es palabra de origen árabe, por cierto, que revela la esencia de los números:   ṣifr significa 'vacío, cero').  Y frente a eso no cabe más que un grito sensato: ¡No somos números!

Las estadísticas sirven para engañarnos con sus cifras sobre las bondades del  régimen vigente La estadística, por ejemplo,  habla del aumento de la esperanza de vida en nuestro primer mundo situándola por encima de los 70 años de edad. Ahora vivimos más, nos dicen. Y añaden, "y mejor", confundiendo la cantidad con la calidad, y la vida que vivimos con la edad que tenemos. No es raro que un mamarracho como es la presidente del Fondo Monetario Internacional hable de la conveniencia de alargar la vida laboral, retrasando por lo tanto la edad de la jubilación de la clase trabajadora. Si viven más,  que trabajen más, no vaya a ser que se jubilen muy pronto y no sepan qué hacer con su vida.

El factor estadístico también se emplea en política para convencernos de que estamos saliendo de la crisis económica que es y genera el propio sistema, y del aumento del empleo o del desempleo que sube y baja, se estira y se encoge "como las tripas de Jorge". La estadística les sirve finalmente a los partidos políticos para arrogarse la representación y la representatividad, que son cosas distintas, del pueblo al recibir el respaldo de los votos de una minoría, en el mejor de los casos, del 15% o el 20% de la población, minorías que se pasan por mayorías, y mayorías  que se quieren hacer pasar por la totalidad. Pero la mayoría, por muy mayoritaria que estadísticamente pretenda ser, nunca será la totalidad, porque no hay todo que valga, porque no hay un conjunto cerrado y exacto del que no se pueda entrar o salir constantemente y ser más o menos.

Al matemático Jacobi, que dijo "aei ho theós arithmetizei" Dios siempre aritmetiza, le corrigió Dedekind afirmando: el hombre siempre  aritmetiza. Las estadísticas, las haga Dios o el diablo, lo aritmetizan todo y a todos. Todo se reduce a una cuestión numérica porque nos han convertido en números que tratan de definirnos, catalogarnos, uniformarnos, ubicarnos en la celda de una casilla estanca, que es el lugar que quieren que nos corresponda: el nicho de nuestra sepultura.